La moneda – D.F. Ospina

He puesto a girar la moneda, cada segundo una de sus caras completa una vuelta exacta sobre ese eje fortuito y temporal. Muertes, explosiones, besos, despedidas, la cara de la moneda solo puede ver en una dirección, todo el tiempo. Desde la mesa me llegan los sonidos metálicos. Me llegan a mí, pero acaso ¿no existe nadie más dando giro a la moneda en este mismo instante en Beijing? o ¿en Bagdad? Estoy seguro que sí. ¿Entonces ni siquiera este momento en el que reflexiono es real? Probablemente no. Todo parece ser un simulacro, la repetición del mismo hecho millones de veces hacia delante y hacia atrás. Nuestros padres, nuestros abuelos, todos hicieron lo mismo, y cuando ellos lo hacían, lo hacia también un soldado en Normandía al anochecer, un mercader en Adís Abeba después de haber cerrado su local. Todos los momentos se agotaron. El fin del tiempo ha llegado sobre este planeta. Aún… aún en otros planetas, seguiremos haciendo lo mismo… el primer astronauta en marte, girando una moneda. Mi moneda. Yo soy todos.

Hemos vislumbrado el “Eterno Retorno”, tal parece que no podemos escapar de nuestra naturaleza. Hemos creado el orden, pero dicho orden no existe, no es más que una alineación comprensible de las cosas. En realidad, toda organización es caos, una versión racional del caos, de ninguna manera menos caótica. Pero existe una cosa, un orden puro y real que se escapa a todos aquellos creados por el hombre. Los números. Piénsalo… el uno era uno antes de que el hombre comprendiera su valor… Así, los hombres han llegado de las cavernas del sur de áfrica a Bering, de norte américa hasta la Patagonia, y con ellos todos los órdenes y clases cambiaron, pero el uno es uno en las ciudadelas mayas, en las pirámides de Egipto o en las islas de polinesia.

Podría relatar toda la historia del hombre, hablar de los maravillosos descubrimientos que hiso mientras existió, de su prodigioso avance a partir del siglo XXI, pero resultaría fútil. El hombre no comprendió una cosa; el significado del progreso. Paso de ver el cielo nocturno a colonizar las estrellas y jamás lo comprendió. Resulta paradójico y burlesco el hecho de que el hombre ya desde un estadio temprano de su desarrollo se percató de cuál sería el único fin posible de su universo, el único fin posible de su historia; ser olvidado, por siempre jamás.

 

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Kappa – Ryunosuke Akutagawa

Extrañamente, experimentaba simpatía por Gael, presidente de una compañía de vidrio. Gael era uno de los más grandes capitalistas del país. Probablemente, ningún otro kappa tenía un vientre tan enorme como el suyo. ¡Y cuán feliz se le ve cuando está sentado en un sofá y tiene a su lado a su mujer que se asemeja a una litchi y a sus hijos similares a pepinos! A menudo fui a cenar a la casa de Gael acompañando al juez Pep y al médico Chack; además, con su carta de presentación visité fábricas con las cuales él o sus amigos estaban relacionados de una manera u otra. Una de las que más me interesó fue la fábrica de libros. Me acompañó un joven ingeniero que me mostró máquinas gigantescas que se movían accionadas por energía hidroeléctrica; me impresionó profundamente el enorme progreso que habían realizado los kappas en el campo de la industria mecánica.

Según el ingeniero, la producción anual de esa fábrica ascendía a siete millones de ejemplares. Pero lo que me impresionó no fue la cantidad de libros que imprimían, sino la casi absoluta prescindencia de mano de obra. Para imprimir un libro es suficiente poner papel, tinta y unos polvos grises en una abertura en forma de embudo de la máquina. Una vez que esos materiales se han colocado en ella, en menos de cinco minutos empieza a salir una gran cantidad de libros de todos tamaños, cuartos, octavos, etc. Mirando cómo salían los libros en torrente, le pregunté al ingeniero qué era el polvo gris que se empleaba. Éste, de pie y con aire de importancia frente a las máquinas que relucían con negro brillo, contestó indiferentemente:

-¿Este polvo? Es de sesos de asno. Se secan los sesos y se los convierte en polvo. El precio actual es de dos a tres centavos la tonelada.

Por supuesto, la fabricación de libros no era la única rama industrial donde se habían logrado tales milagros. Lo mismo ocurría en las fábricas de pintura y de música. Contaba Gael que en aquel país se inventaban alrededor de setecientas u ochocientas clases de máquinas por mes, y que cualquier artículo se fabricaba en gran escala, disminuyendo considerablemente la mano de obra. En consecuencia, los obreros despedidos no bajaban de cuarenta o cincuenta mil por mes. Pero lo curioso era que, a pesar de todo ese proceso industrial, los diarios matutinos no anunciaban ninguna clase de huelga. Como me había parecido muy extraño este fenómeno, cuando fui a cenar a la casa de Gael en compañía de Pep y Chack, pregunté sobre este particular.

-Porque se los comen a todos.

Gael contestó impasiblemente, con un cigarro en la boca. Pero yo no había entendido qué quería decir con eso de que “se los comen”. Advirtiendo mi duda, Chack, el de los anteojos, me explicó lo siguiente, terciando en nuestra conversación.

-Matamos a todos los obreros despedidos y comemos su carne. Mire este diario. Este mes despidieron a 64.769 obreros, de manera que de acuerdo con esa cifra ha bajado el precio de la carne.

-¿Y los obreros se dejan matar sin protestar?

-Nada pueden hacer aunque protesten -dijo Pep, que estaba sentado frente a un durazno salvaje-. Tenemos la “Ley de Matanzas de Obreros”.

Por supuesto, me indignó la respuesta. Pero, no sólo Gael, el dueño de casa, sino también Pep y Chack, encaraban el problema como lo más natural del mundo. Efectivamente, Chack sonrió y me habló en forma burlona.

-Después de todo, el Estado le ahorra al obrero la molestia de morir de hambre o de suicidarse. Se les hace oler un poco de gas venenoso, y de esa manera no sufren mucho.

-Pero eso de comerse la carne, francamente…

-No diga tonterías. Si Mag escuchara esto se moriría de risa. Dígame, ¿acaso en su país las mujeres de la clase baja no se convierten en prostitutas? Es puro sentimentalismo eso de indignarse por la costumbre de comer la carne de los obreros.

Gael, que escuchaba la conversación, me ofreció un plato de sándwiches que estaba en una mesa cercana y me dijo tranquilamente:

-¿No se sirve uno? También está hecho de carne de obrero.

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Jorge Luis Borges – Deutsches Requiem

      Mi nombre es Otto Dietrich zur Linde. Uno de mis antepasados, Christoph zur Linde, murió en la carga de caballería que decidió la victoria de Zorndorf. Mi bisabuelo materno, Ulrich Forkel, fue asesinado en la foresta de Marchenoir por francotiradores franceses, en los últimos días de 1870; el capitán Dietrich zur Linde, mi padre, se distinguió en el sitio de Namur, en 1914, y, dos años después, en la travesía del Danubio[1]. En cuanto a mí, seré fusilado por torturador y asesino. El tribunal ha procedido con rectitud; desde el principio, yo me he declarado culpable. Mañana, cuando el reloj de la prisión dé las nueve, yo habré entrado en la muerte; es natural que piense en mis mayores, ya que tan cerca estoy de su sombra, y a que de algún modo soy ellos.

     Durante el juicio (que afortunadamente duró poco) no hablé; justificarme, entonces, hubiera entorpecido el dictamen y hubiera parecido una cobardía. Ahora las cosas han cambiado; en esta noche que precede a mi ejecución, puedo hablar sin temor. No pretendo ser perdonado, porque no hay culpa en mí, pero quiero ser comprendido. Quienes sepan oírme, comprenderán la historia de Alemania y la futura historia del mundo. Yo sé que casos como el mío, excepcionales y asombrosos ahora, serán muy en breve triviales. Mañana moriré, pero soy un símbolo de las generaciones del porvenir.

     Nací en Marienburg, en 1908. Dos pasiones, ahora casi olvidadas, me permitieron afrontar con valor y aun con felicidad muchos años infaustos: la música y la metafísica. No puedo mencionar a todos mis bienhechores, pero hay dos nombres que no me resigno a omitir: el de Brahms y el de Schopenhauer. También frecuenté la poesía; a esos nombres quiero juntar otro vasto nombre germánico, William Shakespeare. Antes, la teología me interesó, pero de esa fantástica disciplina (y de la fe cristiana) me desvió para siempre Schopenhauer, con razones directas; Shakespeare y Brahms, con la infinita variedad de su mundo. Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de ternura y de gratitud, ante cualquier lugar de la obra de esos felices, que yo también me detuve ahí, yo el abominable.

          Hacia 1927 entraron en mi vida Nietzsche y Spengler. Observa un escritor del siglo XVIII que nadie quiere deber nada a sus contemporáneos; yo, para libertarme de una influencia que presentí opresora, escribí un artículo titulado Abrechnung mit Spengler, en el que hacía notar que el monumento más inequívoco de los rasgos que el autor llama fáusticos no es el misceláneo drama de Goethe[2] sino un poema redactado hace veinte siglos, el De rerum natura. Rendí justicia, empero, a la sinceridad del filósofo de la historia, a su espíritu radicalmente alemán (kerndeutsch), militar. En 1929 entré en el Partido.
Poco diré de mis años de aprendizaje. Fueron más duros para mí que para muchos otros ya que a pesar de no carecer de valor, me falta toda vocación de violencia. Comprendí, sin embargo, que estábamos al borde de un tiempo nuevo y que ese tiempo, comparable a las épocas iniciales del Islam o del Cristianismo, exigía hombres nuevos. Individualmente, mis camaradas me eran odiosos; en vano procuré razonar que para el alto fin que nos congregaba, no éramos individuos.
Aseveran los teólogos que si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi derecha mano que escribe, ésta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz. Nadie puede ser, digo yo, nadie puede probar una copa de auga o partir un trozo de pan, sin justificación. Para cada hombre, esa justificación es distinta; yo esperaba la guerra inexorable que probaría nuestra fe. Me bastaba saber que yo sería un soldado de sus batallas. Alguna vez temí que nos defraudaran la cobardía de Inglaterra y de Rusia. El azar, o el destino, tejió de otra manera mi porvenir: el primero de marzo de 1939, al oscurecer, hubo disturbios en Tilsit que los diarios no registraron; en la calle detrás de la sinagoga, dos balas me atravesaron la pierna, que fue necesario amputar[3]. Días después, entraban en Bohemia nuestros ejércitos; cuando las sirenas lo proclamaron, yo estaba en el sedentario hospital, tratando de perderme y de olvidarme en los libros de Schopenhauer. Símolo de mi vano destino, dormía en el reborde de la ventana un gato enorme y fofo.
En el primer volumen de Parerga und paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas; esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad. ¿Qué ignorado propósito (cavilé) me hizo buscar ese atardecer, esas balas y esa mutilación? No el temor de la guerra, yo lo sabía; algo más profundo. Al fin creí entender. Morir por una religión es más simple que vivirla con plenitud; batallar en Éfeso contra las fieras es menos duro (miles de mártires oscuros lo hicieron) que ser Pablo, siervo de Jesucristo; un acto es menos que todas las horas de un hombre. La batalla y la gloria sonfacilidades, más ardua que la empresa de Napoleón fue la de Raskolnikov. El siete de febrero de 1941 fui nombrado subdirector del campo de concentración de Tarnowitz.
El ejercicio de ese cargo no me fue grato; pero no pequé nunca de negligencia. El cobarde se prueba entre las espadas; el misericordioso, el piadoso, busca el examen de las cárceles y del dolor ajeno. El nazismo, intrínsecamente, es un hecho moral, un despojarse del viejo hombre, que está viciado, para vestir el nuevo. En la batalla esa mutación es común, entre el clamor de las capitanes y el vocerío; no así en un torpe calabozo, donde nos tienta con antiguas ternuras la insidiosa piedad. No en vano escribo esa palabra; la piedad por el hombre superior es el último pecado de Zarathustra. Casi lo cometí (lo confieso) cuando nos remitieron de Breslau al insigne poeta David Jerusalem.
Era éste un hombre de cincuenta años. Pobre de bienes de este mundo, perseguido, negado, vituperado, había consagrado su genio a cantar la felicidad. Creo recordar que Albert Soergel, en la obra Dichtung der Zeit, lo equipara con Whitman. La comparación no es feliz; Whitman celebra el universo de un modo previo, general, casi indiferente; Jerusalem se alegra de cada cosa, con minucioso amor. No comete jamás enumeraciones, catálogos. Aún puedo repetir muchos hexámetros de aquel hondo poema que se titula Tse Yang, pintor de tigres, que está como rayado de tigres, que está como cargado y atravesado de tigres transversales y silenciosos. Tampoco olvidaré el soliloquioRosencrantz habla con el Ángel, en el que un prestamista londinense del siglo XVI vanamente trata, al morir, de vindicar sus culpas, sin sospechar que la secreta justificación de su vida es haber inspirado a uno de sus clientes (que lo ha visto una sola vez y a quien no recuerda) el carácter de Shylock. Hombre de memorables ojos, de piel cetrina, de barba casi negra, David Jerusalem era el prototipo del judío sefardí, si bien pertenecía a los depravados y aborrecidos Ashkenazim. Fui severo con él; no permití que me ablandaran ni la compasión ni su gloria. Yo había comprendido hace muchos años que no hay cosa en el mundo que no sea germen de un Infierno posible; un rostro, una palabra, una brújula, un aviso de cigarrillos, podrían enloquecer a una persona, si ésta no lograra olvidarlos. ¿No estaría loco un hombre que continuamente se figurara el mapa de Hungría? Determiné aplicar ese principio al régimen disciplinario de nuestra casa y [4]… A fines de 1942, Jerusalem perdió la razón; el primero de marzo de 1943, logró darse muerte[5].
Ignoro si Jesusalem comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable.
Mientras tanto, giraban sobre nosotros los grandes días y las grandes noches de una guerra feliz. Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido al amor. Como si bruscamente el mar estuviera cerca, había un asombro y una exaltación en la sangre. Todo, en aquellos años, era distinto, hasta el sabor del sueño. (Yo, quizá, nunca fui plenamente feliz, pero es sabido que la desventura requiere paraísos perdidos.) No hay hombre que no aspire a la plenitud, es decir a la suma de experiencias de que un hombre es capaz; no hay hombre que no tema ser defraudado de alguna parte de ese patrimonio infinito. Pero todo lo ha tenido mi generación, porque primero le fue deparada la gloria y después la derrota.
En octubre o noviembre de 1942, mi hermano Friedrich pereció en la segunda batalla de El Alamein, en los arenales egipcios; un bombardeo aéreo, meses después, destrozó nuestra casa natal, otro, a fines de 1943, mi laboratorio. Acosado por vastos continentes, moría el Tercer Reich; su mano estaba contra todos y las manos de todos contra él. Entonces, algo singular ocurrió, que ahora creo entender. Yo me creía capaz de apurar la copa de la cólera, pero en las heces me detuvo un sabor no esperado, el misterioso y casi terrible sabor de la felicidad. Ensayé diversas explicaciones; no me bastó ninguna. Pensé: Me satisface la derrota, porque secretamente me sé culpable y sólo puede redimirme el castigo. Pensé: Me satisface la derrota, porque es un fin y yo estoy muy cansado. Pensé: Me satisface la derrota, porque ha ocurrido, porque está innumerablemente unida a todos los hechos que son, que fueron, que serán, porque censurar o deplorar un solo hecho real es blasfemar del universo. Esas razones ensayé, hasta dar con la verdadera.
Se ha dicho que todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Ello equivale a declarar que no hay debate de carácter abstracto que no sea un momento de la polémica de Aristóteles y Platón; a través de los siglos y latitudes, cambian los nombres, los dialectos, las caras, pero no los eternos antagonistas. También la historia de los pueblos registra una continuidad secreta. Armiño, cuando degolló en una ciénaga las legiones de Varo, no se sabía precursor de un Imperio Alemán; Lutero, traductor de la Biblia, no sospechaba que su fin era forjar un pueblo que destruyera para siempre la Biblia; Christoph zur Linde, a quien mató una bala moscovita en 1758, preparó de algún modo las victorias de 1914; Hitler creyó luchar por un país, pero luchó por todos, aun por aquellos que agredió y detestó. No importa que su yo lo ignorara; lo sabían su sangre, su voluntad. El mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad del judaísmo, que es la fe de Jesús; nosotros le enseñamos la violencia y la fe de la espada. Esa espada nos mata y somos comparables al hechicero que teje un laberinto y que se ve forzado a errar en él hasta el fin de sus días o a David que juzga a un desconocido y lo condena a muerte y oye después la revelación: Tú eres aquel hombre. Muchas cosas hay que destruir para edificar el nuevo orden; ahora sabemos que Alemania era una de esas cosas. Hemos dado algo más que nuestra vida, hemos dado la suerte de nuestro querido país. Que otros maldigan y otros lloren; a mí me regocija que nuestro don sea orbicular y perfecto.
Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.
Miro mi cara en el espejo para saber quién soy, para saber cómo me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no.
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[1] Es significativa la omisión del antepasado más ilustre del narrador, el teólogo y hebraísta Johannes Forkel (1799-1846), que aplicó la dialéctica de Hegel a la cristología y cuya versión literal de algunos de los Libros Apócrifos mereció la censura de Hengstenberg y la aprobación de Thilo y Geseminus. (Nota del editor.)

[2] Otras naciones viven con inocencia, en sí y para sí como los minerales o los meteoros; Alemania es el espejo universal que a todas recibe, la conciencia del mundo (das Weltbewusstsein). Goethe es el prototipo de esa comprensión ecuménica. No lo censuro, pero no veo en él al hombre fáustico de la tesis de Spengler.

[3] Se murmulla que las consecuencias de esa herida fueron muy graves. (Nota del editor.)

[4] Ha sido inevitable, aquí, omitir algunas líneas. (Nota del editor.)

[5] Ni en los archivos ni en la obra de Soergel figura el nombre de Jerusalem. Tampoco lo registran las historias de la literatura alemana. No creo, sin embargo, que se trate de un personaje falso. Por orden de Otto Dietrich zur Linde fueron torturados en Tarnowitz muchos intelectuales judíos, entre ellos la pianista Emma Rosenzweig. “David Jerusalem” es tal vez un símbolo de varios indivíduos. Nos dicen que murió al primero de marzo de 1943; el primero de marzo de 1939, el narrador fue herido en Tilsit. (Nota del editor.) 


Jorge Luis Borges (1899-1986)

Escritos de un Viejo Indecente – Charles Bukoski (Selecciones II)

estábamos sentados en la oficina después de otro de aquellos partidos de siete a uno, y la temporada iba mediada ya y estábamos en cola, a veinticinco partidos del primero y yo sabía que era mi última temporada como entrenador de los Blues. nuestro primer hitter había bateado. 234 y nuestro primer meta base se anotaba seis, nuestro primer pitcber andaba entre siete y diez con una media de 3, 95. el viejo Henderson sacó la botella del cajón de la mesa y bebió su trago, luego me la pasó.

—y para colmo -—dijo Henderson— enganché ladillas hace dos semanas.

—vaya, jefe, lo siento.

—no me llamarás jefe mucho más.

—lo sé. pero no hay entrenador de béisbol que pueda sacar a esos borrachos del último puesto —dije yo, atizándome un buen trago.

—y lo peor —dijo Henderson—, es que creo que fue mi mujer quien me las pegó.

yo no sabía si reírme o qué, así que no hice nada.

y entonces hubo una delicadísima llamada en la puerta de la oficina y luego se abrió, y allí apareció ante nosotros un chiflado con alas de papel pegadas a la espalda.

era un chaval de unos dieciocho.

—estoy aquí para ayudar al club —dijo el chaval.

con aquellas grandes alas de papel encima, un loco rematado, llevaba agujeros en la chaqueta, las alas estaban pegadas a la espalda, o fijadas con un esparadrapo, algo así.

—escucha —dijo Henderson—, ¡quieres hacer el favor de largarte! ya ha habido suficiente comedia en el campo, así que seriedad, hoy empezaron a reírse de nosotros nada más salir, ¡venga, fuera y deprisa!

el chico se acercó, echó un trago de la botella, se sentó y dijo:

—señor Henderson, yo soy la respuesta a sus oraciones.

—oye, chaval —dijo Henderson—, eres demasiado joven para beber eso.

—soy más viejo de lo que parezco —dijo el chaval.

—¡pues yo tengo algo que te hará un poco más viejo! —Henderson apretó el botoncito que había en la mesa, eso significaba TORO Kronkite. no quiero decir que Toro haya matado nunca a un hombre, pero sería una suerte que pudieses fumar Bull Dur-ham por un ojo del culo de goma después de que él te diese una pasada, el Toro entró arrancando casi una de las bisagras de la puerta al abrirla.

—¿cuál, jefe? —preguntó, meneando sus largos y estúpidos dedos mientras examinaba la habitación.

—el mierda de las alas de papel —dijo Henderson.

el Toro se aproximó.

—no me toques —dijo el mierda de las alas de ,papel.

el Toro se lanzó hacia él, Y DIOS ME VALGA, aquel mierda empezó a ¡VOLAR! aleteó por la habitación, casi pegado al techo. Henderson y yo nos lanzamos a por la botella, pero el viejo me ganó, el Toro cayó de rodillas:

—¡DIOS DEL CIELO, TEN PIEDAD DE MI! ¡UN ÁNGEL!  ¡UN ÁNGEL!

—¡no seas imbécil! —dijo el ángel, revoloteando—. no soy ningún ángel, sólo quiero ayudar a los Blues. soy hincha de los Blues de toda la vida.

—de acuerdo, baja, hablemos de negocios —dijo Henderson.

el ángel, o lo que fuese, bajó volando y aterrizó en una silla. el Toro le arrancó los.zapatos y los calcetines o lo que fuese y empezó a besarle los pies.

Henderson se agachó furioso y escupió al Toro en la cara:

—¡lárgate, bicho subnormal! ¡si hay algo que odie es el sentimentalismo baboso!

el Toro se limpió la cara y se fue muy quedamente.

Henderson recorrió los cajones de la mesa.

—¡mierda, creí que tenía por aquí en algún sitio contratos!

entretanto, mientras buscaba los impresos de los contratos, encontró otra botella y la abrió. cuando arrancaba el celofán, miró al chico:

—dime, ¿eres capaz de hacer una curva interior? ¿y una externa? ¿qué me dices de un deslizador?

—que me cuelguen si sé —dijo el tipo de las alas—. he estado escondido. lo único que sé es lo que leí en los periódicos y vi en la televisión. pero siempre he sido hincha de los Blues y estoy muy triste por lo mal que os va la temporada.

—¿has estado escondido? ¿dónde? ¡un tipo con alas no puede esconderse en un ascensor del Bronx! ¿cuál es tu truco? ¿cómo lo conseguiste?

—no quiero aburrirle con todos los detalles, señor Henderson.

—por cierto, muchacho, ¿cómo te llamas?

—Jimmy. Jimmy Crispin. J.C. para abreviar.

—oye, chico,  ¿qué coño quieres, reírte de mí?

—oh no, señor Henderson.

—¡entonces choca esas cinco!

las chocaron.

—maldita sea, ¡qué manos tan FRÍAS! ¿cuánto hace que no comes?

—comí unas patatas fritas y una cerveza con pollo hacia las cuatro.

—echa un trago, chaval.

Henderson se volvió a mí.

—Bailey.

—¿sí?

—quiero que esté todo el equipo en ese campo a las diez mañana por la mañana. sin excepciones. creo que hemos conseguido lo mejor desde la bomba atómica. ahora salgamos todos de aquí y vayamos a dormir un poco. ¿tú tienes dónde dormir, muchacho?

—sí, claro —dijo J.C.

y bajó volando las escaleras y allí nos dejó.

teníamos el estadio cerrado. sólo estaba allí el equipo. y con las resacas que arrastraban y el ver a aquel tipo de las alas se creyeron que era un montaje publicitario. o un ensayo de uno. se colocó el equipo en el campo con el muchacho en la base del bateador. deberíais haber estado allí para ver cómo se abrieron aquellos ojos inyectados en sangre cuando el chico se lanzó por la línea de la tercera base y ¡VOLÓ hasta la primera! luego tocó y antes de que el tipo de la tercera base pudiese hacer nada el chico llegó volando a la segunda.

todos se estremecieron bajo aquella luz de diez de la mañana. para jugar con un equipo como los Blues hay que estar bastante loco, pero, de todos modos, aquello era demasiado.

luego cuando el pitcher se disponía a lanzar al bate que habíamos puesto, J.C. se lanzó volando a la tercera base ¡como un reactor! ninguno podía verle siquiera las alas, ni aunque hubiesen tenido tiempo para tomarse dos alkaseltzer aquella mañana. cuan-

do la pelota llegó a la base del bateador, aquello había bajado volando y había tocado base meta.

descubrimos que el chico podía cubrir todo el outfield. ¡tenía una velocidad de vuelo tremenda! nos limitamos a meter a los otros dos outfielders en el infield. teníamos así dos shortstops y dos segundas bases. y tan mal como estábamos, estábamos en el infierno.

aquella noche era nuestro primer partido de la liga con Jimmy Crispin en el outfield.

lo primero que hice cuando llegué fue telefonear a Bugsy Malone.

—Bugsy, ¿cómo van las apuestas a favor de los Blues?

—no hay apuestas. no hay ningún loco capaz de apostar por los Blues ni siquiera diez mil a uno.

—¿qué me das tú?

—¿hablas en serio?

—sí.

—doscientos cincuenta a uno. quieres apostar un dólar, verdad?

—uno de los grandes.

—¡uno de los grandes] ¡espera! dentro de dos horas te llamo.

al cabo de una hora cuarenta y cinco minutos, sonó el teléfono.

—vale, de acuerdo. uno de los grandes nunca viene mal, sabes.

—gracias, Bugsy.

—de nada.

nunca olvidaré aquel partido de la primera noche. creyeron que queríamos gastar una broma para animar a la gente pero cuando vieron a Jimmy Crispin elevarse en el cielo y lanzarse luego en picado en un clarísimo jonrón que habría superado la valla izquierda del centro del campo en más de tres metros, entonces el partido se animó. Bugsy había bajado a echar un vistazo y le observé en su palco. cuando J.C. se elevó para agarrar aquella pelota, a Bugsy se le cayó de la boca el puro de cinco dólares.

pero en el reglamento no decía nada de que no pudiese jugar al béisbol un hombre con alas, así que los teníamos bien agarrados por los huevos. y cómo. ganamos el partido como nada. Crispin marcó cuatro veces. ellos no lograron sacar nada de nuestro in-field y cualquier cosa del outfield era un fuera seguro.

y los partidos que siguieron. cómo afluían las multitudes. les volvía locos ver aquel hombre volar por el cielo, pero además estaba el hecho de que habíamos perdido veinticinco partidos y quedaba muy poco y por eso seguían viniendo, a la gente le encanta ver a un hombre salir de la bodega. los Blues lo conseguían. era el mayor milagro de todos los tiempos.

LIFE vino a entrevistar a Jimmy. TIME. LIFE. LOOK. él no les contó nada. «lo único que quiero es que los Blues ganen la liga», dijo.

pero a pesar de todo era matemáticamente difícil y, como el final de un libro de cuentos, llegamos por fin al último partido de la temporada. íbamos empatados con los Bengals para el primer puesto, y jugábamos contra los Bengals, y el ganador lo ganaba todo. no habíamos perdido un solo partido desde que Jimmy se había incorporado al equipo. y yo andaba rondando ya los doscientos cincuenta mil dólares. menudo entrenador era yo. estábamos en la oficina justo antes de aquel último partido nocturno, el viejo Henderson y yo. y oímos ruido en la escalera y luego se derrumbó un tipo por la puerta, borracho. J.C. ya no tenía alas, sólo muñones.

—¡me serraron las jodidas alas, los muy miserables! me metieron a esa mujer en la habitación del hotel. ¡qué mujer! ¡qué tía! ¡y me cargaron la bebida! me eché encima de ella y entonces ellos empezaron a SERRARME LAS ALAS! ¡yo no podía moverme! ¡no podía ni sujetarme los huevos! ¡qué FARSA! y aquel tipo dándole a su puro, y riéndose detrás… ay Dios santo, qué tía tan cojonuda, y ni siquiera pude correrme… mierda…

—bueno, muchacho, no eres el primero al que jode una mujer. ¿sangras? —preguntó Henderson.

—no, es sólo hueso, materia ósea, pero estoy muy triste, os he dejado en la estacada, amigos, he dejado en la estacada a los Blues, me siento muy mal, muy mal.

¿ellos se sentían muy mal? yo perdería 250 de los grandes.

acabé la botella que había en la mesa. J.C. estaba demasiado borracho para jugar, con o sin alas. Henderson dejó caer la cabeza sobre la mesa y empezó a llorar. saqué su luger del cajón de abajo. me la metí en la chaqueta, salí de la torre, bajé a la sección de reserva. ocupé el palco situado inmediatamente detrás del de Bugsy Malone y la hermosa mujer con quien estaba. era el palco de Henderson y Henderson prefería morir bebiendo con un ángel muerto. no necesitaría aquel palco. y el equipo no me necesitaría a mí. telefoneé al banquillo y les dije que le pasaran la cosa al bateador o a cualquier otro.

era nuestro campo, bateaban primero ellos.

—¿dónde está vuestro center fielder} no lo veo —dijo Bugsy, encendiendo un puro de cinco pavos.

—nuestro center fielder ha vuelto al cielo debido a una de tus sierras Sears-Roebuck de tres dólares y medio.

Bugsy se echó a reír.

—un tipo como yo puede mear en el ojo de una mula y sacar un julepe de menta. por eso estoy donde estoy.

—¿quién es la bella dama? —pregunté.

—ah, ésta es Helena. Helena, éste es Tim Bailey, el peor entrenador de béisbol del mundo.

Helena cruzó aquellas cosas de nailon llamadas piernas y perdoné efectivamente a Crispin.

—encantada de conocerle, señor Bailey.

—lo mismo digo.

empezó el partido. como en los viejos tiempos. a la séptima carrera perdíamos diez cero. Bugsy se sentía como Dios, tocándole las piernas a aquella tía, frotándose con ella, el mundo entero en el bolsillo. se volvió y me pasó un puro de cinco pavos. lo encendí.

—¿ese tipo era realmente un ángel? —me preguntó, medio sonriéndose.

—dijo que le llamáramos J.C, para abreviar, pero la verdad es que no sé.

—parece que el Hombre le ha ganado a Dios casi todas las veces que se han enzarzado —dijo.

—no sé —dije yo—, pero según mi opinión, cortarle las alas a un hombre es como cortarle el pijo.

—puede, pero según la mía, los fuertes son los que mueven las cosas.  —o la muerte las para. ¿cuál de las dos cosas?

saqué la luger y la apoyé en su nuca.

—¡Bailey, por amor de Dios! ¡cálmate! ¡te daré la mitad de lo que tengo! ¡no, te lo daré todo, todo lo que tengo, esta tía, todo, todo…!  ¡pero quítame esa pistola de la cabeza!

—¡si piensas que matar es algo fuerte, PRUEBA algo fuerte!

apreté el gatillo., fue espantoso. una luger. cáscaras de cráneo y cerebro y sangre por todas partes: por encima de mí, de las piernas de nailon de ella, de su vestido…

se suspendió el partido una hora y nos sacaron de allí: a Bugsy muerto, a su mujer, loca de histeria, y a mí. luego siguieron.

Dios gana al Hombre; el Hombre gana a Dios. madre hacía conservas de fresas mientras todo se desmoronaba.

al día siguiente estaba yo en mi celda y el celador me entregó el periódico:

«LOS BLUES REMONTARON EL PARTIDO EN LA CARRERA CATORCE Y LO GANARON JUNTO CON LA LIGA».

me acerqué a la ventana de la celda, octava planta. hice una bola con el papel y lo metí por las rejas. lo embutí allí y lo empujé entre ellas y cuando caía por el aire lo contemplé, vi cómo se abría, como si tuviera alas, bueno, no quiero exagerar, bajó flotando como suelen hacer los trozos de papel desplegados, hacia el mar, aquellas olas blancas y azules ahí abajo y yo sin poder tocarlos, Dios gana al Hombre siempre, constantemente, sea Dios Lo Que Sea: ametrallador soplapollas o cuadro de Klee, en fin, y, claro, aquellas piernas de nailon rodearán ahora a otro maldito imbécil. Malone me debía doscientos cincuenta de los grandes y no podría pagar. J.C. con alas, J.C. sin alas, J.C. en una cruz, yo no estaba aún muerto del todo, y me alejé de la ventana, me senté en aquel retrete carcelario sin tapa y me puse a cagar, ex entrenador de primera, ex hombre, y a través de los barrotes entraba un viento leve y leve es este modo de dejaros.

J.R.R. Tolkien – De Eldamar y los príncipes de los Eldalië – Quenta Silmarillion

En su momento los grupos de los Vanyar y los Noldor llegaron a las últimas costas occidentales de las Tierras de Aquende. En el norte estas costas, en los antiguos días que siguieron a la Batalla de los Poderes, se curvaban hacia el oeste, hasta que en el extremo norte de Arda, sólo un mar estrecho dividía Aman, donde se levantaba Valinor, de las Tierras de Aquende; pero este mar estrecho estaba lleno de hielos crujientes por causa de la violencia de las heladas de Melkor. Por tanto Oromë no condujo a las huestes de los Eldalië hacia el norte lejano, sino que las llevó a las dulces tierras en torno al Río Sirion, que se llamaron más tarde Beleriand; y a partir de estas costas, desde las que al principio los Eldar contemplaron el Mar, con temor y maravilla, se extendía un océano ancho y oscuro y profundo, entre ellos y las Montañas de Aman.
Pues bien, Ulmo, por consejo de los Valar, acudió a las costas de la Tierra Media y habló con los Eldar que aguardaban allí, contemplando las olas oscuras; y por causa de sus palabras y de la música que hizo para ellos con cuernos de madreperla, el temor que les despertaba el mar se convirtió de algún modo en deseo. Por tanto, Ulmo arrancó una isla que durante mucho tiempo se había levantado solitaria en medio del mar, lejos de ambas costas, desde los tumultos de la caída de Illuin, y con ayuda de sus servidores la arrastró como si fuera un poderoso navío, y la ancló en la Bahía de Balar, en la que se volcaban las aguas del Sirion. Entonces los Vanyar y los Noldor embarcaron en la isla y fueron llevados por el mar, y llegaron por fin a las largas costas bajo las Montañas de Aman; y entraron en la dichosa Valinor y allí fueron bienvenidos. Pero el cuerno oriental de la isla, que estaba profundamente encallado en los bajíos de las Desembocaduras del Sirion, se quebró y quedó atrás; y ésa, se dice, fue la Isla de Balar, que más adelante visitó Ossë con frecuencia.
Pero los Teleri permanecían todavía en la Tierra Media, porque habitaban en Beleriand Oriental, lejos del mar, y no oyeron la convocatoria de Ulmo asta que fue demasiado tarde; y muchos buscaban todavía a Elwë, su señor, y no estaban dispuestos a partir sin él. Pero cuando supieron que Ingwë y Finwë y sus pueblos habían partido, muchos de los Teleri se precipitaron a las costas de Beleriand y habitaron en adelante cerca de las Desembocaduras del Sirion, añorando a los amigos que habían partido; y escogieron a Olwë, hermano de Elwë, como rey. Largo tiempo se quedaron en las costas del Mar Occidental, y Ossë y Uinen fueron a visitarlos y los ayudaron; y Ossë los instruyó sentado sobre una roca cerca de la orilla de la tierra, y de él aprendieron todas las ciencias del mar y de la música del mar. Así fue que los Teleri, que desde un principio amaron el agua, y los mejores cantantes de entre todos los Elfos, se enamoraron luego de los mares, y en sus cantos se oyó con frecuencia y desde entonces el sonido de las olas en la costa.
Transcurrieron muchos años y Ulmo escuchó las plegarias de los Noldor y de Finwë, el rey, quienes lamentaban la larga separación de los Teleri, y le rogaban que los llevara a Aman, si ellos venían a buscarlos. Y la mayor parte de ellos estaban ahora por cierto dispuestos a partir; pero grande fue el dolor de Ossë cuando Ulmo volvió a las costas de Beleriand para llevárselos a Valinor; pues él cuidaba de los mares de la Tierra Media y de las costas de las Tierras de Aquende, y le entristecía que las voces de los Teleri ya no se escucharan en ese dominio. A algunos los persuadió de que se quedaran; y fueron ellos los Falathrim, los Elfos de las Falas, quienes en días posteriores moraron en los puertos de Brithombar y Eglarest, los primeros marineros de la Tierra Media y los primeros constructores de navíos. Círdan, el Carpintero de Barcos, fue señor de todos ellos.
Los parientes y amigos de Elwë Singollo también se quedaron en las Tierras de Aquende, pues lo buscaban todavía, aunque de buena gana hubieran partido a Valinor y a la luz de los Árboles, si Ulmo y Olwë hubieran estado dispuestos a demorarse un tanto. Pero Olwë quería irse, y por fin el grupo principal de los Teleri se embarcó en la isla y Ulmo se los llevó lejos. Entonces los amigos de Elwë quedaron atrás, y se dieron a sí mismos el nombre de Eglath, el Pueblo Abandonado. Vivieron en los bosques y las colinas de Beleriand en lugar de hacerlo junto al mar, que los ponía nostálgicos; pero llevaban siempre en los corazones el deseo de Aman.
Pero cuando Elwë despertó de aquel prolongado trance, acudió desde Nan Elmoth en compañía de Melian, y desde entonces vivieron en los bosques interiores. Aunque mucho había deseado volver a ver la luz de los Árboles, en la cara de Melian contemplaba la luz de Aman como en un espejo sin nubes, y en esa luz encontraba contento. Las gentes se reunieron alrededor de él, regocijadas, y asombradas, porque aunque había sido hermoso y noble, parecía a lora un señor de los Maiar: los cabellos de plata gris, y de talla más elevada que ninguno de los Hijos de Ilúvatar, y un muy alto destino tenía por delante.
Ossë siguió a la hueste de Olwë, y cuando hubieron llegado a la Bahía de Eldamar (que es el Hogar de los Elfos), los convocó a todos; y ellos reconocieron la voz y rogaron a Ulmo que detuviera el viaje. Y Ulmo accedió, y llamó a Ossë, que amarró la isla y la arraigó en los cimientos marinos. Lo hizo Ulmo de buen grado, pues comprendía el corazón de los Teleri, y en el consejo de los Valar había hablado en contra del llamamiento, pues creía mejor para los Quendi que se quedaran en la Tierra Media. Los Valar se alegraron muy poco al enterarse de lo que había hecho; y Finwë se lamentó ante la ausencia de los Teleri y más todavía cuando supo que habían abandonado a Elwë, y que ya no volvería a verlo excepto en los salones de Mandos. Pero la isla no volvió a ser trasladada y quedó allí sola en la Bahía de Eldamar; y recibió el nombre de Tol Eressëa, la Isla Solitaria. Allí habitaron los Teleri como lo desearon bajo las estrellas del cielo, y sin embargo a la vista de Aman y de las costas inmortales, y por esa larga estadía en la Isla Solitaria la lengua de ellos fue separándose de la de los Vanyar y los Noldor.
A éstos les habían dado los Valdar una tierra y una morada. Aun entre las flores radiantes de los jardines, iluminados por los Árboles de Valinor, deseaban a veces contemplar las estrellas; y por tanto se abrió un hueco en los grandes muros de las Pelóri, y allí, en un valle profundo que descendía hasta el mar, los Eldar levantaron una elevada colina verde: Túna se la llamó. La luz de los Árboles se derramaba sobre ella desde el oeste, y la sombra apuntaba siempre al este, a la Bahía del Hogar de los Elfos y la Isla Solitaria y los Mares Sombríos. Entonces a través del Calacirya, el Paso de la Luz, el resplandor del Reino Bendecido fluía encendiendo las ondas oscuras de plata y de oro, y rozaba la Isla Solitaria, y la costa occidental se extendía verde y hermosa. Allí se abrieron las primeras flores que hubo al este de las Montañas de Aman.
En lo alto de Túna se levantó la ciudad de los Elfos, los blancos muros y terrazas de Tirion; y la más alta torre de esa ciudad fue la Torre de Ingwë, Mindon Eldaliéva, cuya lámpara de plata brillaba a lo lejos entre las nieblas del mar. Pocos son los barcos de los Hombres mortales que hayan visto ese esbelto rayo de luz. En Tirion, sobre Túna, los Vanyar y los Noldor vivieron largo tiempo como amigos. Y de cuanto había en Valinor amaban sobre todo al Árbol Blanco, de modo que Yavanna hizo para ellos un árbol a imagen del Telperion, aunque no daba luz propia; Galathilion se llamó en lengua Sindarin. Este árbol se planto en el patio bajo la Mindon, y allí floreció, y os hijos de sus semillas fueron muchos en Eldamar. De entre éstos se plantó uno más tarde en Tol Eressëa, y prosperó allí y recibió el nombre de Celeborn; de él nació en la plenitud del tiempo, como se cuenta en otra parte, Nimloth, el Árbol Blanco de Númenor.
Manwë y Varda amaban sobre todo a los Vanyar, los Hermosos Elfos; pero los Noldor eran los amados de Aulë, y él y los suyos los visitaban con frecuencia. Grandes fueron los conocimientos y habilidades que mostraron, pero más grande aún era la necesidad que tenían de más conocimientos, y en muchas cosas pronto sobrepasaron a los maestros. Hablaban un lenguaje que no dejaba de cambiar, porque sentían un gran amor por las palabras y siempre querían encontrar nombres más precisos para las cosas que conocían o imaginaban. Y sucedió que los albañiles de la casa de Finwë, que excavaban en las colinas en busca de piedra (pues se deleitaban en la construcción de altas torres), descubrieron por primera vez las gemas de la tierra, y las extrajeron en incontables miríadas; e inventaron herramientas para cortar las gemas y darles forma y las tallaron de múltiples maneras. No las atesoraron, sino que las repartieron libremente, y con este trabajo enriquecieron a toda Valinor.
Los Noldor volvieron más adelante a la Tierra Media, y esta historia cuenta principalmente lo que hicieron, por tanto los nombres y parentescos de los príncipes pueden señalarse aquí en la forma que esos nombres tuvieron más tarde en la lengua élfica de Beleriand.
Finwë era Rey de los Noldor. Los hijos de Finwë fueron Fëanor y Fingolfin y Finarfin; pero la madre de Fëanor fue Míriel Serindë, mientras que Indis, de los Vanyar, fue la madre de Fingolfin y Finarfin.
Fëanor era el más poderoso en habilidades de manos y de palabra, y más instruido que sus hermanos; su espíritu ardía como una llama. Fingolfin era el más fuerte, el más firme y el más valiente. Finarfin era el más hermoso y el más sabio de corazón y más tarde fue amigo de los hijos de Olwë, Señor de los Teleri, y tuvo por esposa a Eärwen, la doncella cisne de Alqualondë, hija de Olwë.
Los siete hijos de Fëanor fueron Maedhros el Alto; Maglor el poderoso cantor, cuya voz se escuchaba desde lejos por sobre las tierras y el mar; Celegorm el Hermoso, y Caranthir el Oscuro; Curufin el Hábil, que del padre heredó sobre todo la habilidad manual; y los más jóvenes, Amrod y Amras, que eran gemelos, iguales de temple y rostro. En días posteriores fueron grandes cazadores en los bosques de la Tierra Media; y también fue cazador Celegorm, quien en Valinor fue amigo de Oromë y siguió a menudo el cuerno del Vala.
Los hijos de Fingolfin fueron Fingon, que fue luego Rey de los Noldor en el norte del mundo, y Turgon señor de Gondolin; su hermana era Aredhel la Blanca, más joven en los años de los Eldar que sus hermanos, y cuando alcanzó la plenitud en estatura y belleza, fue alta y fuerte, y amaba cabalgar y cazar en los bosques. Allí estaba con frecuencia en compañía de los hijos de Fëanor, sus parientes; pero a ninguno de ellos dio el amor de su corazón. Ar-Feiniel se llamaba, la Blanca Señora de los Noldor, porque era pálida, aunque de cabellos oscuros, y nunca vestía sino de plata y blanco.
Los hijos de Finarfin fueron Finrod el Fiel (que recibió más adelante el nombre de Felagund, Señor de las Cavernas), Orodreth, Angrod y Aegnor; los cuatro tan amigos de los hijos de Fingolfin como si todos hubieran sido hermanos. La hermana de ellos, Galadriel, era la más hermosa de la casa de Finwë; tenía los cabellos iluminados de oro, como si hubiera atrapado en una red el resplandor de Laurelin.
Ha de referirse aquí cómo los Teleri llegaron por fin a la tierra de Aman. Durante toda una larga edad habitaron en Tol Eressëa; pero poco a poco hubo un cambio en ellos y fueron atraídos por la luz que fluía sobre el mar hacia la Isla Solitaria. Se sentían desgarrados entre el amor a la música de las olas sobre las costas y el deseo de ver otra vez a las gentes de su linaje, y contemplar el esplendor de Valinor; pero al final el deseo de la luz fue el más poderoso. Por tanto, Ulmo, sometido a la voluntad de los Valar, les envió a Ossë, amigo de ellos, y éste, aunque entristecido, les enseño e arte de construir naves, y cuando las naves estuvieron construidas, les llevó como regalo de despedida muchos cisnes de alas vigorosas. Entonces los cisnes arrastraron las blancas naves de los Teleri por sobre el mar sin vientos; y así, por último y los últimos, llegaron a Aman y a las costas de Eldamar.
Allí vivieron, y si lo deseaban podían ver la luz de los Árboles, e ir por las calles doradas de Valmar y las escaleras de cristal de Tirion, en Túna, la colina verde, pero sobre todo navegaban en las rápidas naves por las aguas de la Bahía del Hogar de los Elfos o andaban por entre las olas en la costa con los cabellos resplandecientes a la luz de más allá de la colina. Muchas joyas les dieron los Noldor, ópalos y diamantes y cristales pálidos, que ellos esparcieron sobre las costas y arrojaron a los estanques; maravillosas eran las playas de Elendë en aquellos días. Y extrajeron muchas perlas del mar, y sus estancias eran de perlas y de perlas las mansiones de Olwë en Alqualondë, el Puerto de los Cisnes, iluminado por muchas lámparas. Porque ésa era la ciudad de los Teleri, y el puerto de sus navíos, y éstos tenían forma de cisnes, con picos de oro y ojos de oro y azabache. El portal del puerto era un arco abierto en la roca viva tallada por las aguas; y se alzaba en los confines de Eldamar, al norte del Calacirya, donde la luz de las estrellas era clara y brillante.
Con el paso de las edades los Vanyar llegaron a amar la tierra de los Valar y la plena luz de los Árboles, y abandonaron la ciudad de Tirion, sobre Túna, y habitaron en adelante en la montaña de Manwë o en los alrededores de las llanuras y los bosques de Valinor, y se separaron de los Noldor. Pero el recuerdo de la Tierra Media bajo las estrellas no se borró en el corazón de los Noldor, y moraron en el Calacirya, y en las colinas y los valles a donde llegaba el sonido del mar occidental, y aunque muchos de entre ellos iban a menudo a la tierra de los Valar, emprendiendo viajes distantes y explorando los secretos de la tierra y del agua y de todos los seres vivientes, sin embargo los pueblos de Túna y de Alqualondë estaban unidos en aquellos días. Finwë reinaba en Tirion y Olwë en Alqualondë; pero Ingwë fue siempre tenido por el Rey Supremo de todos los Elfos. Moró en adelante a los pies de Manwë, en Taniquetil.
Fëanor y sus hijos rara vez vivían en un mismo lugar mucho tiempo, y viajaban muy lejos por los confines de Valinor, llegando aun hasta los bordes de la Oscuridad y las frías costas del Mar Exterior en busca de lo desconocido. Con frecuencia eran huéspedes en los salones de Aulë; pero Celegorm iba sobre todo a la morada de Oromë, y allí adquirió un gran conocimiento de los pájaros y las bestias, y entendía todas sus lenguas. Porque todos los seres vivientes que están o han estado en el Reino de Arda, salvo sólo las criaturas salvajes y malignas de Melkor, vivían entonces en la tierra de Aman; y había también muchas criaturas nunca vistas en la Tierra Media y que quizá tampoco se verán ahora, pues la hechura el mundo había cambiado.

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J.R.R. Tolkien – Del principio de los días – Quenta Silmarillion

Se dice entre los sabios que la Primera Guerra estalló antes de que Arda estuviera del todo acabada, y antes de que nada creciera o anduviera sobre la Tierra; y durante mucho tiempo Melkor tuvo la mejor parte. Pero en medio de la guerra, un espíritu de gran fuerza y osadía acudió en ayuda de los Valar habiendo oído en el cielo lejano que se libraba una batalla en el Pequeño Reino; y el sonido de su risa llenó toda Arda. Así llegó Tulkas el Fuerte, cuya furia pasa como un viento poderoso, esparciendo nubes y oscuridad por delante; y la risa y la cólera de Tulkas ahuyentaron a Melkor, que abandonó Arda, y durante mucho tiempo hubo paz. Y Tulkas se quedó y se convirtió en uno de los Valar del Reino de Arda; pero Melkor meditaba en las tinieblas exteriores y desde entonces odió para siempre a Tulkas.
En ese entonces los Valar trajeron orden a los mares y las tierras y las montañas, y Yavanna plantó por fin las semillas que tenía preparadas tiempo atrás. Y desde entonces, cuando los fuegos fueron sometidos o sepultados bajo las colinas primigenias, hubo necesidad de luz, y Aulë, por ruego de Yavanna, construyó dos lámparas poderosas para iluminar la Tierra Media que él había puesto entre los mares circundantes. Entonces Varda llenó las lámparas y Manwë las consagró, y los Valar las colocaron sobre altos pilares, más altos que cualquiera de las montañas de días posteriores. Levantaron una de las lámparas cerca del norte de la Tierra Media y le dieron el nombre de Illuin; y la otra la levantaron en el sur, y le dieron el nombre de Ormal, y la luz de las Lámparas de los Valar fluyó sobre la Tierra, de manera que todo quedó iluminado como si estuviera en un día inmutable.
Entonces las semillas que Yavanna había sembrado empezaron a brotar y a germinar con prontitud, y apareció una multitud de cosas que crecían, grandes y pequeñas, musgos y hierbas y grandes helechos, y árboles con copas coronadas de nubes, como montañas vivientes, pero con los pies envueltos en un crepúsculo verde. Y acudieron bestias y moraron en las llanuras herbosas, o en los ríos y los lagos, o se internaron en las sombras de los bosques. Y sin embargo aún no había florecido ninguna flor, no había cantado ningún pájaro porque estas cosas aguardaban aún en el seno de Yavanna a que les llegara el momento; pero había gran riqueza en lo que ella concibiera, y en ningún sitio más abundante que en las partes centrales del mundo, donde las luces de ambas lámparas se encontraban y se mezclaban. Y allí, en la Isla de Almaren, en el Gran Lago, tuvieron su primera morada los Valar, cuando todas las cosas eran jóvenes y el verde reciente maravillaba aún a los hacedores; y durante mucho tiempo se sintieron complacidos.
Sucedió entonces que mientras los Valar descansaban de sus trabajos y contemplaban el crecimiento y el desarrollo de las cosas que habían concebido e iniciado, Manwë ordenó que hubiese una gran fiesta y los Valar y todas sus huestes acudieron a la llamada. Pero Aulë y Tulkas se sentían cansados, pues la habilidad de uno y la fuerza del otro habían estado sin cesar al servicio de todos mientras trabajaban. Y Melkor conocía todo lo que se había hecho, ya que aún entonces tenía amigos y espías secretos entre los Maiar a quienes había convertido a su propia causa y lejos, en la oscuridad, lo consumía el odio, pues tenía celos de la obra de sus pares, a quienes deseaba someter. Por tanto convocó a los espíritus de los palacios de Eä que él había pervertido para que le sirvieran, y se creyó fuerte. Y viendo que le negaba la hora, volvió a acercarse a Arda, y la contempló, y ante la belleza de la Tierra en Primavera sintió todavía más odio.
Pues bien, los Valar estaban reunidos en Almaren sin sospechar mal alguno, y por causa de la luz de Illuin no percibieron la sombra en el norte que desde lejos arrojaba Melkor; porque se había vuelto oscuro como la Noche del Vacío. Y se canta que en la fiesta de la Primavera de Arda, Tulkas desposó a Nessa, la hermana de Oromë, y ella bailó ante los Valar sobre la hierba verde de Almaren.
Luego Tulkas se echó a dormir, pues estaba cansado y satisfecho, y Melkor creyó que la ocasión le era propicia. Y pasó con su ejército por sobre los Muros de la Noche y llegó a la Tierra Media, lejos, al norte; y los Valar no lo advirtieron.
Entonces Melkor empezó a cavar, y construyó una vasta fortaleza muy hondo bajo la Tierra, por debajo de las montañas oscuras donde los rayos de Illuin eran fríos y débiles. Esa ciudadela recibió el nombre de Utumno. Y aunque los Valar aún no sabían nada de ella, la maldad de Melkor y el daño de su odio brotaron desde allí alrededor y marchitaron la Primavera de Arda. Las criaturas verdes enfermaron y se corrompieron, las malezas y el cieno estrangularon los ríos; los helechos, rancios y ponzoñosos, se convirtieron en sitios donde pululaban las moscas; y los bosques se hicieron peligrosos y oscuros, moradas del miedo, y las bestias se transformaron en monstruos de cuerno y marfil, y tiñeron la tierra con sangre. Entonces supieron los Valar, sin ninguna duda, que Melkor estaba actuando otra vez, y buscaron su escondrijo. Pero Melkor, confiado en la fuerza de Utumno y en el poderío de sus sirvientes, acudió de repente a la lucha, y asestó el primer golpe, antes de que los Valar estuvieran preparados; y atacó las luces de Illuin y Ormal, derribó los pilares y quebró las lámparas. En el derrumbe de los poderosos pilares, las tierras se abrieron y los mares se levantaron en tumulto; y cuando las lámparas se derramaron unas llamas destructoras avanzaron por la Tierra. Y la forma de Arda y la simetría de las aguas y tierras quedaron entonces dañadas, de modo que los primeros proyectos de los Valar nunca fueron restaurados.
En la confusión y la oscuridad Melkor huyó, aunque tuvo miedo, pues por encima del bramido de los mares oyó la voz de Manwë como un viento huracanado; y la tierra temblaba bajo los pies de Tulkas. Pero llegó a Utumno antes de que Tulkas pudiera alcanzarlo; y allí se quedó escondido. Y los Valar no pudieron someterlo en aquella ocasión, porque necesitaban de casi todas sus fuerzas para apaciguar los tumultos de la Tierra y salvar de la ruina todo lo que pudiera ser salvado de lo que habían hecho; y después temieron desgarrar otra vez la Tierra en tanto no supieran dónde moraban los Hijos de Ilúvatar que aún habrían de venir en un tiempo que a los Valar les estaba oculto.
Así llegó a su fin la Primavera de Arda. La morada de los Valar en Almaren quedó por completo destruida, y no tuvieron sitio donde vivir sobre la faz de la Tierra. Por tanto abandonaron la Tierra Media y fueron a la Tierra de Aman, el más occidental de todos los territorios sobre el filo del mundo; pues las costas occidentales miraban al Mar Exterior, que los Elfos llamaban Ekkaia, y que circunda el Reino de Arda. Cuán ancho es ese mar, sólo los Valar lo saben; y más allá de él se encuentran los Muros de la Noche. Pero las costas orientales de Aman eran el extremo de Belegaer, el Gran Mar del Occidente, y como Melkor había vuelto a la Tierra Media y aún no podían someterlo, los Valar fortificaron sus propias moradas, y en las costas del mar levantaron las Pelóri, las Montañas de Aman, las más altas de la Tierra. Y sobre todas las montañas de Pelóri, se alzaba la altura en cuya cima puso Manwë su trono. Taniquetil llaman los Elfos a esa montaña sagrada y Oiolossë de Blancura Sempiterna, y Elerrína Coronada de Estrellas, y con muchos otros nombres pero en la lengua tardía de los Sindar se la llamaba Amon Uilos. Desde los palacios de Taniquetil, Manwë y Varda podían ver a través de la Tierra hasta los confines más extremos del Este.
Detrás de los muros de las Pelóri, los Valar se establecieron en esa región que llamaban Valinor; y allí tenían casas, jardines y torres. En aquella tierra protegida acumularon grandes caudales de luz y las cosas más bellas que se salvaron de la ruina; y muchas otras aún más bellas las hicieron de nuevo, y Valinor fue todavía más hermosa que la Tierra Media en la Primavera de Arda; y fue bendecida, porque los Inmortales vivían allí, y allí nada se deterioraba m marchitaba, ni había mácula en las flores o en las hojas de esa tierra, ni corrupción o enfermedad en nada de lo que allí vivía; porque aun las mismas piedras y las aguas estaban consagradas.
Y cuando Valinor estuvo acabada y establecidas las mansiones de los Valar, en medio de la llanura de más allá de los montes edificaron su ciudad, Valmar, la de muchas campanas. Ante el portal occidental había un montículo verde, Ezellohar, llamado también Corollairë; y Yavanna lo consagró, y se sentó allí largo tiempo sobre la hierba verde y entonó un canto de poder en el que puso todo lo que pensaba de las cosas que crecen en la tierra. Pero Nienna reflexionó en silencio y regó el montículo con lágrimas. En esa ocasión los Valar estaban todos reunidos para escuchar el canto de Yavanna, sentados en los tronos del consejo en el Máhanaxar, en el Anillo del Juicio, cerca de los portones dorados de Valmar; y Yavanna Kementári cantó delante de ellos, que la observaban.
Y mientras observaban, en el montículo nacieron dos esbeltos brotes; y el silencio cubría el mundo entero a esa hora y no se oía ningún otro sonido que la voz de Yavanna. Bajo su canto los brotes crecieron y se hicieron hermosos y altos, y florecieron; y de este modo despertaron en el mundo los Dos Árboles de Valinor, la más renombrada de todas las creaciones de Yavanna. En torno al destino de estos árboles se entretejen todos los relatos de los Días Antiguos.
Uno de ellos tenía hojas de color verde oscuro que por debajo eran como plata resplandeciente, y de cada una de las innumerables flores caía un rocío continuo de luz plateada, y la tierra de abajo se moteaba con la sombra de las hojas temblorosas. El otro tenía hojas de color verde tierno, como el haya recién brotada, con bordes de oro refulgente. Las flores se mecían en las ramas en racimos de fuegos amarillos, y cada una era como un cuerno encendido que derramaba una lluvia dorada sobre el suelo; y de los capullos de este árbol brotaba calor, y una gran luz. Telperion se llamó el uno en Valinor, y Silpion, y Ninquelótë y tuvo muchos otros nombres; pero Laurelin fue el otro, y también Malinalda, y Culúrien, y le dieron además muchos nombres en los cantos.
En siete horas la gloria de cada árbol alcanzaba su plenitud y menguaba otra vez en nada; y cada cual despertaba una vez más a la vida una hora antes de que el otro dejara de brillar. Así en Valinor dos veces al día había una hora dulce de luz más suave, cuando los dos árboles eran más débiles y los rayos de oro y de plata se mezclaban. Telperion era el mayor de los árboles y el primero en desarrollarse y florecer; y esa primera hora en que resplandecía —el fulgor blanco de un amanecer de plata— los Valar no la incluyeron en el compuesto de las horas, pero le dieron el nombre de Hora de Apertura, y a partir de ella contaron las edades del reino de Valinor. Por tanto a la sexta hora en ese Primer Día, y en todos los días gozosos que siguieron, hasta el Oscurecimiento de Valinor, concluía el tiempo de floración de Telperion; y a la hora duodécima dejaba de florecer Laurelin. Y cada día de los Valar en Aman tenía doce horas, y terminaba con la segunda mezcla de las luces, en la que Laurelin menguaba, pero Telperion crecía. Sin embargo, la luz que los árboles esparcían duraba un tiempo antes de que fuera arrebatada en el aire o se hundiera en la tierra; y Varda atesoraba los rocíos de Telperion y la lluvia que caía de Laurelin en grandes tinas como lagos resplandecientes, que eran para toda la tierra de los Valar como fuentes de agua y de luz. Así empezaron los Días de la Bendición de Valinor, y así empezó también la Cuenta del Tiempo.
Pero mientras las edades avanzaban hacia la hora señalada por Ilúvatar para la venida de los Primeros Nacidos, la Tierra Media yacía en una luz crepuscular bajo las estrellas que Varda había forjado en edades olvidadas cuando trabajaba en Eä. Y en las tinieblas vivía Melkor y aún andaba con frecuencia por el mundo, en múltiples formas poderosas y aterradoras, y esgrimía el frío y el fuego, desde las cumbres de las montañas a los profundos hornos que están debajo; y cualquier cosa que fuese cruel o violenta o mortal era en esos días obra de Melkor.
Pocas veces venían los Valar por encima de las montañas a la Tierra Media, dejando atrás la belleza y la beatitud de Valinor, pero cuidaban y amaban los territorios de más allá de las Pelóri. Y en medio del Reino Bendecido se levantaban las mansiones de Aulë, y allí trabajó él largo tiempo. Porque en la hechura de todas las cosas de esa tierra Aulë tuvo parte principal e hizo allí muchas obras hermosas y esbeltas, tanto abiertamente como en secreto. De él provienen la ciencia y el conocimiento de todas las cosas terrestres: sea la ciencia de los que no hacen, pero intentan comprender lo que es, o la ciencia de los artesanos: el tejedor, el que da forma a la madera y el que trabaja los metales; y también el labrador y el granjero, aunque éstos y todos los que tratan con cosas que crecen y dan fruto se deben también a la esposa de Aulë, Yavanna Kementári. Es a Aulë a quien se da el nombre de Amigo de los Noldor, porque de él aprendieron mucho en días posteriores, y son ellos los más hábiles de entre los Elfos; y a su propio modo, de acuerdo con los dones que Ilúvatar les concedió, añadieron mucho a sus enseñanzas, deleitándose en las lenguas y en los escritos, y en las figuras del bordado, el dibujo y el tallado. Los Noldor fueron también los primeros que consiguieron hacer gemas; y las más bellas de todas las gemas fueron los Silmarils, que se han perdido.
Pero Manwë Súlimo, el más alto y sagrado de los Valar, instalado en los lindes de Aman, no dejaba de pensar en las Tierras Exteriores. Porque el trono de Manwë se levantaba majestuoso sobre el pináculo de Taniquetil, la más alta montaña del mundo, a orillas del mar. Espíritus que tenían forma de halcones y águilas revoloteaban por las estancias del palacio; y los ojos de Manwë podían ver hasta las profundidades del mar y horadar las cavernas ocultas bajo la tierra. De este modo le traían noticias de casi todo cuanto ocurría en Arda; no obstante había cosas ocultas aun para Manwë y los servidores de Manwë, porque donde Melkor se ensimismaba en negros pensamientos, las sombras eran impenetrables. Manwë no concibe ningún pensamiento que sirva a su propio honor y no tiene celos del poder de Melkor, sino que lo gobierna todo en paz. De entre todos los Elfos, amaba más a los Vanyar, y de él recibieron la poesía y el canto; pues la poesía es el deleite de Manwë, y el canto con palabras es la música que prefiere. El vestido de Manwë es azul, y azul el fuego de sus ojos, y su cetro es de zafiro, que los Noldor labraron para él, y fue designado para ser el viceregente de Ilúvatar, Rey del mundo de los Valar y los Elfos y los Hombres, y principal defensa contra el mal de Melkor. Con Manwë moraba Varda, quien en lengua Sindarin es llamada Elbereth, Reina de los Valar, hacedora de las estrellas; y con ellos había una vasta hueste de espíritus bienaventurados.
Pero Ulmo se encontraba solo, y no moraba en Valinor, y ni siquiera iba allí excepto cuando se celebraba un gran consejo; vivió desde el principio de Arda en el Océano Exterior, y allí vive todavía. Desde allí gobierna el flujo de todas las aguas, y las mareas, el curso de los ríos y la renovación de las fuentes, y la destilación de todos los rocíos y lluvias en las tierras que se extienden bajo el cielo. En los sitios profundos concibe una música grande y terrible, y el eco de esa música corre por todas las venas del mundo en dolor y alegría; porque si alegre es la fuente que se alza a sol, el agua nace en pozos de dolor insondable en los cimientos de la Tierra. Los Teleri aprendieron mucho de Ulmo, y por esta razón su música tiene a la vez tristeza y encantamiento. Junto con él llegó Salmar a Arda, el que hizo los cuernos de Ulmo, aquellos que nadie puede olvidar si los ha oído una vez; también Ossë y Uinen, a los que dio el gobierno de las olas y los movimientos de los Mares Interiores, y además muchos otros espíritus. Y así fue por el poder de Ulmo que aun bajo las tinieblas de Melkor fluyó la vida por muchas vías secretas, y la Tierra no murió; y para aquellos que andaban perdidos en esas tinieblas o lejos de la luz de los Valar, estaban siempre abiertos los oídos de Ulmo, y tampoco ha olvidado la Tierra Media; y no ha dejado de pensar en cualquier ruina o cambio que haya sobrevenido desde entonces, y así lo hará hasta el fin de los días.
Y en ese tiempo de oscuridad tampoco Yavanna estaba dispuesta a abandonar por completo las Tierras Exteriores; pues todas las cosas que crecen le son caras, y se lamentaba por las obras que había iniciado en la Tierra Media, y que Melkor había dañado. Por tanto, abandonando la casa de Aulë y los prados floridos de Valinor, iba a veces a curar las heridas abiertas por Melkor; y al volver instaba siempre a los Valar a enfrentar el maligno dominio de Melkor, en una guerra que tendrían que librar sin duda antes del advenimiento de los Primeros Nacidos. Y Oromë, domador de bestias, también cabalgaba de vez en cuando por la oscuridad de los bosques; llegaba como poderoso cazador, con el arco y las flechas, persiguiendo a muerte a los monstruos y criaturas salvajes del reino de Melkor, y su caballo blanco Nahar, brillaba como plata en las sombras. Entonces la tierra adormecida temblaba con el repiqueteo de los cascos dorados, y en el crepúsculo matinal del mundo Oromë hacía sonar el gran cuerno, el Valaróma, sobre los llanos de Arda; las montañas le respondían con ecos prolongados, y las sombras del mal huían, y el mismo Melkor se encogía en Utumno anticipando la cólera por venir. Pero Oromë no había acabado de pasar y ya los sirvientes de Melkor se reagrupaban; y las tierras se cubrían de sombras y engaños.
Ahora bien, todo se ha dicho de cómo fueron la Tierra y sus gobernantes en el comienzo de los días, antes de que el mundo apareciese como los Hijos de Ilúvatar lo conocieron. Porque los Elfos y los Hombres son Hijos de Ilúvatar; y como no habían entendido enteramente ese tema por el que los Hijos entraron en la Música, ninguno de los Ainur se atrevió a agregarle nada. Por esa razón los Valar son los mayores y los cabecillas de ese linaje antes que sus amos, y si en el trato con los Elfos y los Hombres, los Ainur han intentado forzarlos en alguna ocasión, cuando ellos no tenían guía, rara vez ha resultado nada bueno, por buena que fuera la intención. En verdad los Ainur tuvieron trato sobre todo con los Elfos, porque Ilúvatar los hizo más semejantes en naturaleza a los Ainur, aunque menores en fuerza y estatura; mientras que a los Hombres les dio extraños dones.
Pues se dice que después de la partida de los Valar, hubo silencio, y durante toda una edad Ilúvatar estuvo solo, pensando. Luego habló y dijo: —¡He aquí que amo a la Tierra, que será la mansión de los Quendi y los Atani! Pero los Quendi serán los más hermosos de todas las criaturas terrenas, y tendrán y concebirán y producirán más belleza que todos mis Hijos, y de ellos será la mayor buenaventura en este mundo. Pero a los Atani les daré un nuevo don.
Por tanto quiso que los corazones de los Hombres buscaran siempre más allá y no encontraran reposo en el mundo; pero tendrían en cambio el poder de modelar sus propias vidas, entre las fuerzas y los azares mundanos, más allá de la Música de los Ainur, que es como el destino para toda otra criatura; y por obra de los Hombres todo habría de completarse, en forma y acto, hasta en lo último y lo más pequeño.
Pero Ilúvatar sabía que los Hombres, arrojados al torbellino de los poderes del mundo, se extraviarían a menudo y no utilizarían sus dones en armonía; y dijo: —También ellos sabrán, llegado el momento, que todo cuanto hagan contribuirá al fin sólo a la gloria de mi obra.
Creen los Elfos, sin embargo, que los Hombres son a menudo motivo de dolor para Manwë, que conoce mejor que otros la mente de Ilúvatar; pues les parece a los Elfos que los Hombres se asemejan a Melkor más que a ningún otro Ainu, aunque él los ha temido y los ha odiado siempre, aun a aquellos que le servían.
Uno y el mismo es este don de la libertad concedido a los hijos de los Hombres: que sólo estén vivos en el mundo un breve lapso, y que no estén atados a él, y que partan pronto; a dónde, los Elfos no lo saben. Mientras que los Elfos permanecerán en el mundo hasta el fin de los días, y su amor por la Tierra y por todo es así más singular y profundo, y más desconsolado a medida que los años se alargan. Porque los Elfos no mueren hasta que no muere el mundo, a no ser que los maten o los consuma la pena (y a estas dos muertes aparentes están sometidos); tampoco la edad les quita fuerzas, a no ser que uno se canse de diez mil centurias; y al morir se reúnen en las estancias de Mandos, en Valinor, de donde pueden retornar llegado el momento. Pero los hijos de los Hombres mueren en verdad, y abandonan el mundo; por lo que se los llama los Huéspedes o los Forasteros. La Muerte es su destino, el don de Ilúvatar, que hasta los mismos Poderes envidiarán con el paso del Tiempo. Pero Melkor ha arrojado su sombra sobre ella, y la ha confundido con las tinieblas, y ha hecho brotar el mal del bien, y el miedo de la esperanza. No obstante, ya desde hace mucho los Valar declararon a los Elfos que los Hombres se unirán a la Segunda Música de los Ainur; mientras que Ilúvatar no ha revelado qué les reserva a los Elfos después de que el Mundo acabe, y Melkor no lo ha descubierto.

1

La luz del mundo – Ernest Hemingway

Cuando nos vio franquear la puerta, el cantinero levantó la vista, tomó la tapa de cristal y cubrió con ella las dos vasijas de los bocadillos gratuitos.

-Dame una cerveza- dije.

El cantinero sirvió un vaso, cortó la espuma desbordante con la espátula y luego quedó aguardando con el vaso en la mano. Puse la moneda de cinco centavos sobre el mostrador y sólo entonces deslizó el vaso de cerveza hacia mí.

-¿Y Tú?- preguntó a Tom.

-Cerveza.

Sirvió, cortó la espuma y, cuando vio el dinero, empujó la cerveza hacia Tom.

-¿Qué pasa?- pregunto Tom.

El cantinero no le contestó. Se limitó a mirar sobre nuestras cabezas y dijo a un hombre que acababa de entrar:

-Usted, ¿Qué quiere?

Rye– dijo el hombre.

El cantinero dejó sobre el mostrador una botella, un vaso y una jarra de agua.

Tom extendió el brazo y quito la tapa a una de las vasijas de bocadillos. Contenía patitas de cerdo encurtidas sobre las cuales descansaba una tijera de madera cuyas puntas eran dos tenedores que se cerraban para trinchar.

-No- dijo el cantinero, y volvió a colocar la tapa en la vasija. Tom tenía en la mano la tijera de madera

-Vuelve a poner eso en su lugar- dijo el cantinero.

-Sabes dónde te lo voy a poner- dijo Tom.

El cantinero metió la mano debajo del mostrador sin quitarnos la vista de encima. Puse cincuenta centavos sobre el mostrador y el cantinero se enderezó.

-¿Qué te sirvo? -me preguntó.

-Cerveza –dije,  y antes de servirme la cerveza, destapo dos fuentes.

-¡Tus patitas de cerdo apestan! –exclamo Tom y escupió lo que tenía en la boca.

El cantinero no dijo nada. El hombre que había tomado whisky pagó y salió sin volverse.

-¡Tú eres el que apestas! –dijo el cantinero a Tom-. Todos los tipos como tú son unos apestosos.

-Dice que somos apestosos –me dijo Tom.

-Oye –Le pedí-. Vámonos de aquí.

-¡Salgan enseguida de aquí, par de vagos! –gritó el cantinero.

-Ya dije que nos íbamos –respondí-. Eso no fue idea tuya.

-Pero volveremos –dijo Tom.

-¡Cuidado con volver a pisar este lugar!

-Dile lo equivocado que esta –dijo Tom volviéndose a mí.

-Vámonos.

A fuera era noche cerrada.

-¡Qué coño se habrán creído en este pueblo! –exclamó Tom.

-¡Que sé yo! –le dije-. Vamos a la estación.

Habíamos entrado al pueblo por un extremo y nos dirigíamos hacia el otro para salir de él. Olía a cueros curtidos y aserrín. Oscurecía cuando entramos y ahora que era de noche comenzaba a hacer frio: los charcos en el camino se helaban alrededor de los bordes.

En la estación había cinco putas esperando la llegada del tren; seis hombres blancos y cuatro indios. La sala de espera estaba llena de gente y de humo rancio. La estufa estaba encendida y hacía calor. Cuando entramos nadie hablaba y la taquilla estaba cerrada.

-¡Cierren la puerta, no! –exclamo alguien.

Busque con la vista al que había dicho esas palabras. Había sido uno de los hombres blancos. Vestía pantalones gastados, botas de goma de leñador y una camisa a cuadros como los demás, pero no llevaba sombrero, su rostro era blanco, y sus manos blancas y finas.

-¿No la vas a cerrar?

-Claro que sí –dije, y la cerré.

-Gracias –dijo el hombre.

Uno de los hombres blancos soltó una estúpida risita.

-¿Nunca has tenido algo que ver con un cocinero? –preguntó.

-No.

-Puedes hacer de éste lo que te dé la gana. A él le gusta que lo use –dijo el hombre mirando al cocinero.

El cocinero volvió la cabeza apartando la vista del hombre con los labios apretados.

-Se pone jugo de limón en las manos –rió el hombre-. Y por nada del mundo las mete en el agua de los platos. Mire lo blancas que las tiene.

Una de las putas soltó una risotada. Era la puta más grande que jamás había visto en mi vida y también la mujer más grande. Llevaba puesto uno de esos vestidos de seda de colores tornasolados. Había otras dos putas casi tan grandes como ella, pero ella debía pesar unas trecientas cincuenta libras. Cuando se la miraba no se podía creer que existiera realmente. Las tres putas iban vestidas igual, con esa tela de colores cambiantes. Estaban sentadas en el banco una al lado de la otra. Eran enormes. Las otras putas tenías aspecto ordinario. Eran rubias oxigenadas.

-Mirale las manos –dijo el hombre y señalo con la cabeza al cocinero.

La puta rió de nuevo y su cuerpo se sacudió. El cocinero se volvió hacia ella y le dijo rápidamente:

-¡Eres una montaña de carne asquerosa!

-¡Ay, Dios mío! –dijo.

Tenía una hermosa voz.

Ella no dejo de reírse y de sacudirse.

-¡Ay, Dios mío! –repitió.

Las otras dos putas, las grandes, se comportaban con mucho aplomo y buena disposición de ánimo, como si no se dieran cuenta de lo que ocurría: pero eran grandes, casi tanto como la más grande de todas. Pesaban bien sus doscientas cincuenta libras por cabeza. Las otras dos putas se daban aires de dignidad.

De los hombres, además del cocinero y del que había hablado, había otros dos que eran leñadores: uno de ellos escuchaba interesado, pero debía de ser un poco tímido. El otro parecía como si se dispusiera a hablar. Además había dos suecos. Dos de los indios estaban sentados en uno de los extremos del banco; otro, de pie, recargaba el cuerpo contra la pared.

El hombre que se disponía a decir algo, me hablo en voz queda:

-Sería lo mismo que encaramarte en una montaña de heno.

Yo reí y dije a Tom que me había dicho el hombre.

-¡Por dios que nunca he estado en un lugar como este! –dijo Tom-. Mira a esas tres.

Entonces hablo el cocinero:

-¿Qué edad tienen ustedes, muchachos?

-Yo tengo noventa y seis y él sesenta y nueve.

-¡Jo, jo, jo! –rió la puta grande sacudiéndose.

Tenía una voz verdaderamente hermosa, las otras putas no se rieron.

-¿No pueden darme una respuesta normal? –preguntó el cocinero-. Hice la pregunta solo por ser cordial.

-Tenemos diecisiete y diecinueve años. –dije yo.

-¿Por qué lo has dicho? –dijo Tommy volviéndose a mí.

-Está bien. No te preocupes.

-Pueden llamarme Alice –dijo la puta más grande y luego empezó a sacudirse de nuevo.

-¿Ese es tu nombre? –preguntó Tommy.

-Claro –dijo- Alice es mi nombre. ¿No es verdad? –y se volvió hacia el hombre que estaba sentado al lado del cocinero.

-Alice: así se llama ella.

-Desde luego que tenías que llamarte Alice –dijo el cocinero.

-Es mi verdadero nombre –dijo Alice.

-¿Cómo se llaman las otras muchachas? –pregunto Tom.

-Hazel y Ethel –dijo Alice.

Hazel y Ethel sonrieron. No eran muy inteligentes que digamos.

-¿Cómo te llamas? –pregunte a una de las rubias.

-Frances –replico.

-¿Frances, que?

Frances Willson. ¿Y a ti que te importa?

-¿Y tú cómo te llamas? –le pregunte a la otra rubia.

-No seas tan confiado –dijo.

-Solo quiere hacerse amigo nuestro –dijo el hombre que había hablado-. ¿No quieres que todos seamos amigos?

-No –dijo la rubia oxigenada-. Por lo menos no quiero ser amiga tuya.

-Es una malgeniosa –dijo el hombre-. Respondona y malgeniosa.

Una rubia miro a la otra y meneo la cabeza.

-Son unos pesaos –dijo la rubia respondona.

Alice comenzó a reír de nuevo y a sacudirse.

-Eso no tiene nada de gracioso –dijo el cocinero-. Todos ustedes se ríen, pero nada de esto tiene gracia. Ustedes, muchachos, ¿para dónde van?

-¿A dónde vas tú? –pregunto Tom.

-Quiero ir a Cadillac –dijo el cocinero-. ¿Han estado ustedes allí alguna vez? Mi hermana vive allí.

-Él mismo es una hermana –dijo el hombre empecinado en ridiculizar al cocinero.

-¿Por qué no me sueltas? –inquirió el cocinero-. ¿No podemos hablar de cosas edificantes?

-En Cadillac nació Steve Ketchel y también Ad Wolgast –dijo el hombre tímido.

-Steve Ketchel –dijo una de las rubias con voz aguda y repentina, como si ese nombre hubiera apretado un gatillo dentro de ella-. Lo mató su propio padre. Sí, ¡por Dios!, su propio padre. Ya no hay hombres como Steve Ketchel.

-Su nombre no era Stanley Ketchel? –pregunto el cocinero.

-¡Ho! ¡Cállate! –dijo la rubia-. ¿Qué sabes tú de Steve? ¿Stanley? No se llamaba Stanley. Steve Ketchel era el hombre más fino y más hermoso que jamás ha existido. Nunca conocí un hombre tan limpio y tan blanco como Steve Ketchel. Nunca hubo un hombre como él. Se movía como un tigre y era el derrochador más elegante y espléndido que jamás ha existido.

-¿Tú lo conocías? –pregunto uno de los hombres

-¿Si lo conocía? ¿Si lo conocía? ¿Si lo amé? ¿Y me lo preguntan? Lo conocía como no conocieron ustedes a nadie en el mundo, y lo amaba como se ama a Dios. Era el hombre más grande, el mejor, el más blanco y el más hermoso que jamás ha existido. Steve Ketchel, sí señor. Y su propio padre lo mato como a un perro.

-¿Estuviste en la costa con él?

-No. Lo conocí antes. Fue el único hombre que ame en mi vida.

Todos miraban con respeto a la rubia oxigenada que había dicho todo con tono teatral, pero Alice comenzó a sacudirse de nuevo. Me di cuenta porque estaba a su lado.

-Debiste haberte acostado con el –dijo el cocinero.

-No quise arruinar su carrera –dijo la rubia oxigenada-. No quería convertirme en una carga para él. No era una esposa lo que el necesitaba. ¡Ho, Dios! ¡Qué hombre ese!

-Muy bien pensado –dijo el cocinero- ¿Pero no lo noqueo Jack Johnson?

-Fue una mala jugada –dijo la oxigenada-. Este perro negro lo cogió de sorpresa. Él acababa de derribarlo, cuando ese negro degenerado lo alcanzo de chiripa con un golpe, y lo noqueó.

La taquilla se abrió y los tres indios se dirigieron hacia ella a comprar sus boletos.

-Cuando Steve lo tumbo –dijo la oxigenada- se volvió hacia mí y me sonrió.

-Creí que dijiste que no habías estado en la costa  con el –dijo alguien.

-Fui solo para ver esa pelea. Steve se volvió para sonreírme y ese negro hijo de puta dio un salto desde el suelo y lo cogió de sorpresa. Steve hubiera podido hacer morder el cordobán a cien hombres como ese negro degenerado.

-¡Era un gran boxeador! –dijo uno de los leñadores-.

-¡Por Dios que lo era! –dijo la oxigenada-. Y por Dios que ahora no hay boxeadores como él. Era como un Dios. Tan blanco, limpio, hermoso y elegante, rápido como un tigre o como un relámpago.

-Vi la película de la pelea –dijo Tom.

Todos nos sentíamos conmovidos. Alice se sacudía, y al mirarla vi que estaba llorando. Los indios habían salidos al andén.

-Era para mí más de lo que hubiera podido ser cualquier marido –dijo la rubia oxigenada-. Estábamos casados a los ojos de Dios. Le pertenecía y le perteneceré siempre. No me importa lo que pueda ocurrirle a mi cuerpo. Pueden tomarlo; pero mi alma pertenece a Steve Ketchel. ¡Por Dios que era un hombre de verdad!

Todos nos sentíamos muy afectados. Estábamos tristes y turbados. Alice, que todavía estaba sacudiéndose, dijo en voz grave:

-Eres una maldita mentirosa. Nunca te has acostado con Steve Ketchel en tu vida y lo sabes muy bien.

-¿Cómo puedes decir eso? –pregunto con orgullo la rubia.

-Lo digo porque es verdad –dijo Alice-. Soy la única aquí que ha conocido a Steve Ketchel. Nací en Mancelona y allí lo conocí. Esa es la pura verdad y tú sabes que lo es. ¡Que Dios me quite la vida aquí mismo, si no es cierto lo que digo!

-¡Que me la quite a mí también si he mentido!

-¡Es verdad, verdad, verdad! Y tú lo sabes. No es una mentira como esa que tú has tratado de hacernos creer. Y me acuerdo exactamente de lo que Steve Ketchel me dijo.

-¿Qué te dijo? –pregunto al rubia, satisfecha.

-Me dijo que yo estaba más que buena. Eso fue lo que me dijo.

-¡Eso es una mentira! –dijo la oxigenada.

-Es verdad. Eso fue exactamente lo que me dijo.

-¡Es una mentira! –dijo la rubia con orgullo.

-¡Es la verdad! ¡La verdad! ¡Lo juro por Jesús, María y José que es la verdad!

-Steve nunca podría haber dicho eso. Él no se expresaba así –dijo la rubia riendo feliz.

-Es la verdad –dijo Alice con su hermosa voz-. Y no me importa si me crees o no.

-Es imposible que Steve pueda haber dicho eso –declaro con énfasis la rubia oxigenada.

-Lo dijo –Alice sonrió-. Y recuerdo que entonces yo estaba más que buena, como él decía. Incluso, ahora soy mejor hembra que tú. ¡Tú no eres más que hueso y mala idea¡

-¡No puedes insultarme! –dijo la rubia-. ¡Montaña de mierda! Yo tengo mis recuerdos.

-No –dijo Alice, con aquella dulce voz-. No tienes ningún recuerdo verdadero, como no sea cuando te ligaron las trompas y te metiste a puta. Todo lo demás lo has leído en los periódicos. Yo soy limpia y tú lo sabes, y gusto a los hombres, aunque soy grande. Eso a ti te consta. Y nunca miento. Eso te consta también.

-Déjame con mis recuerdos. Con mis verdaderos y maravillosos recuerdos.

Alice la miro y luego nos miró a nosotros y su rostro perdió aquella expresión agraviada. Sonrió. Su cara era casi la más bonita que había visto en mi vida. Tenía una piel suave y tersa, y una hermosa voz. Era muy agradable. Pero, ¡demonios!, ¡Qué grande era! ¡Era tan grande como tres mujeres juntas! Tom me vio mirarla y me dijo:

-Vamos

-Adiós –dijo Alice.

Ciertamente tenía una hermosa voz.

-Adiós –dije yo.

-¿Dónde van, muchachos? –pregunto el cocinero.

-En dirección contraria a la tuya –repuso Tom.

Jack Johnson vs Stanley Ketchel (1909)

El mejor amigo de un muchacho – Isaac Asimov

-Querida, ¿dónde está Jimmy? -preguntó el señor Anderson.
-Afuera, en el cráter -dijo la señora Anderson-. No te preocupes por él. Está con Robutt… ¿Ha llegado ya?
-Sí. Está pasando las pruebas en la estación de cohetes. Te juro que me ha costado mucho contenerme y no ir a verlo. No he visto ninguno desde que abandoné la Tierra hace ya quince años…, dejando aparte los de las películas, claro.
-Jimmy nunca ha visto ninguno -dijo la señora Anderson.
-Porque nació en la Luna y no puede visitar la Tierra. Por eso hice traer uno aquí. Creo que es el primero que viene a la Luna.
-Sí, su precio lo demuestra -dijo la señora Anderson lanzando un suave suspiro.
-Mantener a Robutt tampoco resulta barato, querida -dijo el señor Anderson.

Jimmy estaba en el cráter, tal y como había dicho su madre. En la Tierra le habrían considerado delgado, pero estaba bastante alto para sus diez años de edad. Sus brazos y sus piernas eran largos y ágiles. El traje espacial que llevaba hacía que pareciese más robusto y pesado, pero Jimmy sabía arreglárselas en la débil gravedad lunar como ningún terrestre podría hacerlo nunca. Cuando Jimmy tensaba las piernas y daba su salto de canguro su padre siempre acababa quedándose atrás.
El lado exterior del cráter iba bajando en dirección sur y la Tierra -que se hallaba bastante baja en el cielo meridional, el lugar donde estaba siempre vista desde Ciudad Lunar-, ya casi había entrado en la fase de llena, por lo que toda la ladera del cráter quedaba bañada por su claridad.
La pendiente no era muy empinada, y ni tan siquiera el peso del traje espacial podía impedir que Jimmy se moviera con gráciles saltos que le hacían flotar y creaban la impresión de que no había ninguna gravedad contra la que luchar.
-¡Vamos, Robutt! -gritó Jimmy.
Robutt le oyó a través de la radio, ladró y echó a correr detrásde él.
Jimmy era un experto, pero ni tan siquiera él podía competir con las cuatro patas y los tendones de Robutt, que además no nece-
sitaba traje espacial. Robutt saltó por encima de la cabeza de Jimmy, dió una voltereta y terminó posándose casi debajo de sus pies.
-No hagas tonterías, Robutt, y quédate allí donde pueda verte -le ordenó Jimmy.
Robutt volvió a ladrar, ahora con el ladrido especial que significaba “Sí”.
-No confío en ti, tunante -exclamó Jimmy.
Dio un último salto que lo llevó por encima del curvado borde superior de la pared del cráter y le hizo descender hacia la ladera inferior.
La Tierra se hundió detrás del borde de la pared del cráter, y la oscuridad acegadora y amistosa que eliminaba toda diferencia entre el suelo y el espacio envolvió a Jimmy. La única claridad visible era la emitida por las estrellas.
En realidad Jimmy no tenía permitido jugar en el lado oscuro de la pared del cráter. Los adultos decían que era peligroso, pero lo decían porque nunca habían estado allí. El suelo era liso y crujiente, y Jimmy conocía la situación exacta de cada una de las escasas piedras que había en él.
Y, además, ¿qué podía haber de peligroso en correr a través de la oscuridad cuando la silueta resplandeciente de Robutt le acompañaba ladrando y saltando a su alrededor? El radar de Robutt podía decirle dónde estaba y dónde estaba Jimmy aunque no hubiera luz. Mientras Robutt estuviera con él para advertirle cuando se acercaba demasiado a una roca, saltar sobre él demostrándole lo mucho que le quería o gemir en voz baja y asustada cuando Jimmy se ocultaba detrás de una roca aunque Robutt supiera todo el rato dónde estaba Jimmy jamás podría sufrir ningún daño. En una ocasión Jimmy se acostó sobre el suelo, se puso muy rígido y fingió estar herido, y Robutt activó la alarma de la radio haciendo acudir a un grupo de rescate de Ciudad Lunar. El padre de Jimmy castigó la pequeña travesura con una buena reprimenda, y Jimmy nunca había vuelto a hacer algo semejante.
La voz de su padre le llegó por la frecuencia privada justo cuando estaba recordando aquello.
-Jimmy, vuelve a casa. Tengo que decirte algo.

Jimmy se había quitado el traje espacial y se había lavado concienzudamente después de entrar en casa; e incluso Robutt había
sido meticulosamente rociado, lo cual le encantaba. Robutt estabainmóvil sobre sus cuatro patas con su pequeño cuerpo de no más de treinta centímetros de longitud estremeciéndose y lanzando algún que otro destello metálico, y su cabecita desprovista de
boca con dos ojos enormes que parecían cuentas de cristal y la diminuta protuberancia donde se hallaba alojado el cerebro no dejó de lanzar débiles ladridos hasta que el señor Anderson abrió la boca.
-Tranquilo, Robutt -dijo el señor Anderson, y sonrió-. Bien,
Jimmy, tenemos algo para ti. Ahora se encuentra en la estación de cohetes, pero mañana ya habrá pasado todas las pruebas y lo tendremos en casa. Creo que ya puedo decírtelo.
-¿Algo de la Tierra, papi?
-Es un perro de la Tierra, hijo, un perro de verdad…, un cachorro de terrier escocés para ser exactos. El primer perro de la Luna… Ya no necesitarás más a Robutt. No podemos tenerlos a los dos, ¿sabes? Se lo regalaremos a algún niño. -El señor Anderson parecía estar esperando a que Jimmy dijera algo, pero al ver que no abría la boca siguió hablando-. Ya sabes lo que es un perro,
Jimmy. Es de verdad, está vivo… Robutt no es más que una imitación mecánica, una copia de robot.
Jimmy frunció el ceño.
-Robutt no es una imitación, papi. Es mi perro.
-No es un perro de verdad, Jimmy. Robutt tiene un cerebro positrónico muy sencillo y está hecho de acero y circuitos. No está vivo.
-Hace todo lo que yo quiero que haga, papi. Me entiende. Te aseguro que está vivo.
-No, hijo. Robutt no es más que una máquina. Está programado para que actúe de esa forma. Un perro es algo vivo. En cuanto tengas al perro ya no querrás a Robutt.
-El perro necesitará un traje espacial, ¿verdad?
-Sí, naturalmente, pero creo que será dinero bien invertido y muy pronto se habrá acostumbrado a él… Y cuando esté en la ciudad no lo necesitará, claro. Cuando lo tengamos en casa enseguida notarás la diferencia.
Jimmy miró a Robutt. El perro robot había empezado a lanzar unos gemidos muy débiles, como si estuviera asustado. Jimmy extendió los brazos hacia él y Robutt salvó la distancia que le separaba de ellos de un solo salto.
-¿Y qué diferencia hay entre Robutt y el perro? -preguntó Jimmy.
-Es difícil de explicar -dijo el señor Anderson-, pero lo comprenderás en cuanto lo veas. El perro te querrá de verdad, Jimmy. Robutt sólo está programado para actuar como si te quisiera, ¿entiendes?
-Pero papi… No sabemos qué hay dentro del perro ni cuáles son sus sentimientos. Puede que también finja.
El señor Anderson frunció el ceño.
-Jimmy, te aseguro que en cuanto hayas experimentado el amor de una criatura viva notarás la diferencia.
Jimmy estrechó a Robutt en sus brazos. El niño también tenía el ceño fruncido, y la expresión desesperada de su rostro indicaba
que no estaba dispuesto a cambiar de opinión.
-Pero si los dos se portan igual conmigo entonces tanto da que sea un perro de verdad o un perro robot -dijo Jimmy-. ¿Y lo que yo siento? Quiero a Robutt, y eso es lo que importa.
Y el pequeño robot, que nunca se había sentido abrazado con tanta fuerza en toda su existencia, lanzó una serie de ladridos estridentes…, ladridos de pura felicidad.