La Botellita de Cristal

«Parad, hay algo flotando a sotavento» el que hablaba era un hombre bajo y robusto llamado William Jones, era el patrón de un pequeño laúd en el que navegaban él y sus hombres en el momento en que empieza esta historia.

   «Sí, sí, señor» contestó John Towers y detuvieron la embarcación. El patrón John alargó la mano hacia el objeto descubriendo ahora que era una botella «Sólo es una botella de ron que ha tirado algún barco que pasaba» dijo pero en un impulso de curiosidad la cogió. Era una botella de ron e iba a devolverla al agua cuando se dio cuenta de que dentro TENÍA un trozo de papel. Lo sacó y leyó en él lo siguiente

   I de enero de 1864

   Soy John Jones el que escribe esta carta mi barco se está hundiendo deprisa con un tesoro a bordo. Estoy donde hay marcado un * en la carta que incluyo

   El patrón Jones le dio la vuelta a la hoja y en la otra cara tenía un mapa

   En el borde había escritas estas palabras:   

     las líneas de puntos representan la ruta que llevábamos

   «Towers» Dijo el patrón Jones con excitación «lea esto» Towers hizo lo que le pedían «Creo que merece la pena ir» dijo el patrón Jones «¿usted qué opina?» «Igual que usted» replicó Towers. «Alquilaremos una goleta hoy mismo» dijo el patrón excitado «De acuerdo» dijo Towers, conque alquilaron una embarcación y zarparon siguiendo las líneas de puntos de la carta en 4 días llegaron al lugar donde se indicaba y varios bajaron y subieron cargados con una botella de hierro en ella encontraron las siguientes líneas garabateadas en un trozo de papel de estraza

     3 de dic de 1880

Querido buscador disculpa la broma pesada que te he gastado pero te mereces no haber encontrado nada por tu estupidez.

     «Razón tiene» dijo el patrón Jones «continúo»

     Sin embargo pagaré tus gastos de ida y vuelta al lugar donde has encontrado la botella calculo que serán 25.0.00 dólares así que encontrarás esa cantidad en una arqueta de hierro sé dónde has encontrado la botella porque la he puesto yo ahí y la arqueta de hierro y luego busqué un buen lugar para dejar una segunda botella esperando que el dinero que contiene pague los gastos, de manera que termino –Anónimo»

   «Me gustaría arrancarle la cabeza de un puntapié» dijo el patrón Jones «Buzo baja ahí y saca los 25.0.00 dólares» en un minuto el buzo subió con una arqueta de hierro dentro encontraron 25.0.00 dólares Esto pagó los gastos pero no creo que vuelvan nunca más a un lugar misterioso siguiendo las instrucciones de una botella misteriosa.
Título original: “The Little Glass Bottle”, traducido por F. Torres Oliver. Escrito ca. 1898-1899, seguramente bajo la influencia del “Manuscrito hallado en una botella” de Poe. Publicado por vez primera en 1959 en The Shuttered Room and Other Pieces, Arkham House, Sauk City (Wisconsin), edición de August Derleth, y reimpreso posteriormente en 1984 en el folleto Juvenilia: 1897-1905, editado por S. T. Joshi para Necronomicon Press, West Warwick (Rhode Island). La traducción sigue el texto corregido que aparece en Miscellaneous Writings.

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El mozo de cuerda tuerto

Nuestros dos ojos no vuelven mejor nuestra condición; uno nos sirve para ver los bienes, y el otro los males de la vida. Mucha gente tiene la mala costumbre de cerrar el primero, y muy pocos cierran el segundo; por eso hay tanta gente que preferiría estar ciega a ver todo lo que ve. ¡Felices los tuertos que sólo están privados de ese mal ojo que echa a perder todo lo que mira! Mesrur es un ejemplo.

Habría sido preciso ser ciego para no ver que Mesrur era tuerto. Lo era de nacimiento; pero era un tuerto tan contento con su estado que nunca se le había ocurrido desear otro ojo. No eran los dones de la fortuna los que lo consolaban de los entuertos de la naturaleza, porque era un simple mozo de cuerda² y no tenía más tesoro que sus espaldas; mas era feliz, y demostraba que un ojo de más y una pena de menos contribuyen bien poco a la felicidad. El dinero y el apetito siempre le llegaban en proporción a la tarea que hacía; trabajaba por la mañana, comía y bebía por la tarde, dormía de noche, y miraba todos sus días como otras tantas vidas separadas, de suerte que la preocupación por el futuro nunca le perturbaba el goce del presente. Como podéis ver, era a un tiempo tuerto, mozo de cuerda y filósofo.

Por azar, vio pasar en una brillante carroza a una gran princesa que tenía un ojo más que él, cosa que no le impidió encontrarla muy hermosa, y, como los tuertos sólo difieren del resto de los hombres en que tienen un ojo de menos, se enamoró locamente. Tal vez alguien diga que, cuando uno es mozo de cuerda y tuerto, no hay que enamorarse, sobre todo de una gran princesa, y, lo que es más, de una princesa que tiene dos ojos; convengo en que es muy de temer no agradar; sin embargo, como no hay amor sin esperanza, y como nuestro mozo de cuerda amaba, esperó.

Como tenía más piernas que ojos, y además eran buenas, siguió durante cuatro leguas la carroza de su diosa, de la que tiraban con gran rapidez seis grandes caballos blancos. En aquel tiempo, la moda entre las damas era viajar sin lacayo ni cochero y guiar ellas mismas: los maridos querían que siempre fuesen solas, para estar más seguros de su virtud, cosa directamente opuesta a la opinión de los moralistas, que dicen que en la soledad no hay virtud.

Mesrur seguía corriendo junto a las ruedas de la carroza, volviendo su ojo bueno hacia la dama, sorprendida de ver a un tuerto con aquella agilidad. Mientras él demostraba así que uno es infatigable porque ama, una bestia salvaje, perseguida por unos cazadores, cruzó el camino real y espantó a los caballos que, con el bocado entre los dientes, arrastraban a la hermosa hacia un precipicio. Su nuevo enamorado, más espantado todavía que ella, aunque ella lo estuviese mucho, cortó los tiros con maravillosa destreza; los seis caballos blancos dieron solos el salto peligroso, y para la dama, que no estaba menos blanca que ellos, todo quedó en susto.

«Quien quiera que seáis, le dijo, nunca olvidaré que os debo la vida; pedidme cuanto queráis; cuanto tengo es vuestro. — ¡Ah!, con mayor razón puedo ofreceros otro tanto, respondió Mesrur; mas, si os lo ofreciera, siempre os ofrecería menos, porque sólo tengo un ojo y vos tenéis dos; pero un ojo que os mira vale más que dos ojos que no ven los vuestros.»

La dama sonrió, porque las galanterías de un tuerto no dejan de ser galanterías, y las galanterías siempre hacen sonreír.

«Querría poder daros otro ojo, le dijo, pero sólo vuestra madre podía haceros ese regalo; pese a todo seguidme.»

Tras estas palabras, se apea de su carruaje y prosigue el camino a pie; también bajó su perrillo, que caminaba junto a ella ladrando a la extraña figura de su escudero. Hago mal dándole el título de escudero, porque, por más que le ofreció el brazo, nunca quiso la dama aceptarlo so pretexto de que estaba demasiado sucio; y vais a ver que fue víctima de su limpieza. Tenía unos pies muy pequeños, y unos zapatos más pequeños todavía que sus pies, de modo que no estaba ni hecha ni calzada para soportar una larga caminata.

Unos pies bonitos consuelan de tener malas piernas cuando se pasa la vida en una tumbona en medio de un tropel de petimetres; pero ¿para qué sirven unos zapatos bordados de lentejuelas en un camino de piedras donde únicamente puede verlos un mozo de cuerda, y encima un mozo de cuerda que sólo tiene un ojo?

Melinade (ése es el nombre de la dama; mis razones he tenido para no decirlo hasta ahora, porque aún no estaba inventado) avanzaba como podía, maldiciendo a su zapatero, desgarrando sus zapatos, desollándose los pies y haciéndose esguinces a cada paso. Hacia hora y media poco más o menos que caminaba al paso de las grandes damas, es decir, que ya había hecho cerca de un cuarto de legua, cuando cayó rendida de fatiga.

El Mesrur, cuya ayuda había rechazado mientras estaba de pie, dudaba en ofrecérsela por temor a ensuciarla si la tocaba: sabía que no estaba limpio, la dama se lo había dado a entender con suficiente claridad, y la comparación que en el camino había hecho entre él y su amada se lo había demostrado más claramente todavía. Llevaba ella un vestido de un ligero paño de plata, sembrado de guirnaldas de flores, que hacía resplandecer la belleza de su talle; y él, un blusón pardo manchado en mil pun-tos, agujereado y remendado de suerte que los remiendos estaban al lado de los rotos, y no encima, donde sin embargo habrían estado más en su sitio. Él había comparado sus manos nerviosas y cubiertas de callosidades con dos manitas más blancas y delicadas que los lirios. Había visto, por último, los hermosos cabellos rubios de Melinade, que escapaban a través de un ligero velo de gasa, unos realzados en trenza y otros en rizos; a su lado, él sólo podía poner unas crines negras, erizadas y crespas, que por único adorno sólo tenían un turbante destrozado.

Mientras tanto, Melinade intenta levantarse, mas no tarda en volver a caer, y con tan mala fortuna que lo que enseñó a Mesrur privó a éste de la poca razón que la vista del rostro de la princesa había podido dejarle. Olvidó que era mozo de cuerda, que era tuerto, y únicamente pensó en la distancia que la fortuna había puesto entre Melinade y él; y no recordó siquiera que era un enamorado, porque faltó a la delicadeza que dicen in-separable de todo verdadero amor, y que a veces constituye su encanto y en la mayoría de las ocasiones su hastío; se sirvió de los derechos que a la brutalidad le daba su estado de mozo de cuerda, fue brutal y feliz³. Sin duda la princesa se hallaba entonces desvanecida, o gemía lamentando su destino; pero, como era justa, a buen seguro bendecía al destino según el cual todo infortunio lleva consigo su consuelo.

La noche había extendido sus velos sobre el horizonte y ocultaba con su sombra la verdadera dicha de Mesrur y las presuntas desgracias de Melinade⁴; Mesrur saboreaba los placeres de los perfectos amantes, y los saboreaba como mozo de cuerda, es decir (para vergüenza de la humanidad) de la forma más perfecta; los desmayos de Melinade la ganaban a cada instante, y a cada instante su amante recuperaba fuerzas. «Poderoso Mahoma, dijo una vez como hombre fuera de sí, pero como mal católico, a mi felicidad sólo le falta que la sienta también quien la causa; mientras estoy en tu paraíso, divino profeta, concédeme otro favor, ser a los ojos de Melinade lo que ella sería a mi ojo si fuera de día.» Acabó de rezar, y siguió gozando. La Aurora, siempre demasiado diligente para los amantes, sorprendió a Mesrur y a Melinade en la actitud en que ella misma habría podido ser sorprendida, un momento antes, con Titono⁵. Mas ¡cuál no sería el asombro de Melinade cuando, al abrir los ojos con los primeros rayos de la aurora, se vio en un lugar encantado con un joven de noble porte, y de rostro que se parecía al astro cuyo retorno esperaba la tierra! Tenía mejillas de color rosa y labios de coral; sus grandes ojos, tiernos y vivos a un tiempo, expresaban e inspiraban la voluptuosidad; su aljaba de oro, adornada de pedrerías, colgaba de sus hombros, y sólo el pla-cer hacía resonar sus flechas; su larga cabellera, retenida por un lazo de diamantes, flotaba libre sobre sus caderas, y un paño transparente, bordado de perlas, le servía de indumentaria sin ocultar nada de la belleza de su cuerpo. «¿Dónde estoy, y quién sois vos?, exclamó Melinade en el colmo de su sorpresa — Estáis, respondió él, con el miserable que ha tenido la dicha de salvaros la vida, y que se ha cobrado sobradamente su es-fuerzo.» Tan asombrada como encantada, Melinade lamentó que la metamorfosis de Mesrur no hubiera empezado antes. Se acerca a un brillante palacio que hería su vista y lee esta inscripción sobre la puerta: «Alejaos, profanos; estas puertas sólo se abrirán para el dueño del anillo⁶.» Mesrur se acerca a su vez para leer la misma inscripción, pero vio otros caracteres y leyó estas palabras: «Llama sin temor». Llamó, y al punto las puertas se abrieron por sí mismas con estrépito. Los dos amantes entraron, al son de mil voces y mil instrumentos, en un vestíbulo de mármol de Paros; de allí pasaron a una sala magnífica, donde los aguardaba un delicioso festín desde hacía mil doscientos cincuenta años sin que ninguno de los platos se hubiera enfriado todavía; se sentaron a la mesa, y cada uno fue servido por mil esclavos de la mayor hermosura; la comida estuvo acompañada de conciertos y danzas; y cuando hubo acabado, todos los ge-nios acudieron con el mayor orden, repartidos en diferentes grupos, con atavíos tan magníficos como singulares, a prestar juramento de fidelidad al amo del anillo, y a besar el dedo sagrado de quien lo llevaba.

Había sin embargo en Bagdad un musulmán muy devoto que, como no podía ir a lavarse en la mezquita, se hacía traer el agua de la mezquita a casa a cambio de una pequeña retribución que pagaba al sacerdote. Acababa de hacer la quinta ablución, para disponerse a la quinta plegaria, cuando su criada, joven aturdida muy poco devota, se desembarazó del agua sagrada arrojándola por la ventana. Fue a caer sobre un desgraciado profundamente dormido sobre la esquina de un mojón que le servía de cabecera. Fue inundado y se despertó. Era el pobre Mesrur quien, de regreso de su morada encantada, había perdido en su viaje el anillo de Salomón. Se había quitado sus ricas vestiduras y puesto el blusón; su hermosa aljaba de oro se había trocado en la escalerilla de madera, y, para colmo de desgracia, había perdido uno de sus ojos en el camino. Volvió a recordar entonces que la víspera había bebido gran cantidad de aguardiente que había abotargado sus sentidos y calentado su imaginación. Hasta entonces había apreciado ese licor por gusto; ahora empezó a amarlo por gratitud, y volvió alegremente a su trabajo, muy decidido a gastarse el jornal en comprar los medios para encontrar de nuevo a su querida Melinade. Cualquier otro se hubiera afligido por ser un maldito tuerto después de haber tenido dos hermosos ojos, por sufrir el rechazo de las barrenderas de palacio después de haber gozado los favores de una princesa más hermosa que las amadas del califa, y por estar al servicio de todos los burgueses de Bagdad después de haber reinado sobre todos los genios; pero Mesrur no tenía el ojo que ve el lado malo de las cosas.

El Cabronismo

Le courage n’est pas une vertu, mais une qualité commune aux scélérats et aux grands hommes. -Voltaire

Júpiter allá en sus tiempos
Dios del Olimpo sagrado,
tuvo celos de su esposa
y en su venganza fue extraño.
Concibió, pues, de sí mismo;
cómo ello fue, no es del caso:
lo que a nuestro cuento importa
es que quedó embarazado.
Tampoco sé cuántos meses
estuvo con su embarazo,
aunque varios aseguran
que fue cosa de en el acto.
Y cuando algunos creían
verle un barrigón tan alto,
descargó por el cerebro,
dejando a todos burlados,
una joven primorosa,
de todo el Olimpo pasmo;
y luego que la vio dijo:
«Al menos aquí no hay gato;
ésta es toda, toda mía,
y puedo muy bien jurarlo
».
Tan augusto nacimiento
lo supo el pobre Vulcano
a quien la olimpiana corte
por sus males había dado
en matrimonio a la Diosa
de Citeres, Chipre y Pafos.
En un momento al pobrete
se le calientan los cascos
y quiere tener también
del mismo modo otro parto,
para poder algún día decir
aquí no hubo gato;
porque pensar que Cupido,
tan hermoso y tan gallardo,
y los bonitos Amores
que a Venus sirven de ornato,
fuesen hijos de un herrero,
era creer en engaños.
Al efecto armó en su casa
una zambra de diablos:
las penas, las aflicciones
su espíritu tenacearon,
y su cerebro los celos
rompieron a martillazos.
A su amable compañera
echó en cara sus encantos,
y la culpó de que todos
la andarán siempre buscando.
En fin, nuestro pobre Dios
se afanó y trabajó tanto,
que el horrible cabronismo
por el cerebro echó al cabo.
Éste es el Dios que en París
se mira tan adorado,
maléfico ciertamente,
benéfico en muchos casos,
de los maridos la plaga
y el socorro en lances varios.
Desde el punto en que nació,
contra su padre el bellaco
ensayó toda su fuerza,
y, aunque con novicia mano,
le imprimió sobre la frente
de mancha eterna los rasgos;
es decir, que a su señor
lo hizo el mayor cabronazo.
Apenas le salió el bozo,
de Himeneo fue adversario,
y guerra a muerte sin fin
le declaró. Sin descanso
le ataca en todos lugares
de mil modos disfrazado,
y siempre con buen suceso.
Unas veces con descaro
a su vista se apodera
de sus bienes más sagrados,
y con atroz impudencia
va las casas registrando
por todos sus interiores.
Otras, cual feroz tirano,
el fuego y sangre esparciendo
por do quiera que da un paso,
al horroroso esplendor
de maderos inflamados,
hace alarde de sus robos.
Otras, en fin, a lo santo,
el rostro con inocencia
e hipocresía enmascarado,
se introduce con silencio
en el quieto santuario
del tranquilo y buen esposo
y allí su golpe da a salvo.
Los Celos con su semblante
pálido y amoratado,
y la malvada Malicia
con ojo pérfido y falso,
adonde Amor lo conduce
ellos dirigen sus pasos;
y la Voluptuosidad
lo sigue con pies muy tardos.
En su carcaj lleva tiros
de toda especie y tamaño:
flechas para las crueles,
cuernos para los casados.
Ahora bien, aqueste Dios,
benevolente o malvado,
merece que se le canten
los oficios y los salmos;
siendo por necesidad,
o precaución, deber santo
que culto y adoración
sin murmurar le rindamos,
porque bien sea uno soltero,
o por desgracia casado,
o bien que uno sea el que pegue,
o al que le peguen el chasco
del Cabronismo, por siempre
el favor es necesario.
¡Oh, tú, Iris bella y hermosa!,
antes de que por contrato
perdieses tu libertad,
e Himeneo fuese tu amo,
jamás invoqué en mi ardor
más que al Amor soberano:
pero ya que de un esposo
al cruel dominio has pasado,
sólo invoco al Cabronismo
y de él mi venganza aguardo,
pues es el único Dios
en quien mi fe he colocado.


Le courage es el título del cuento en frances.

El cuento nos refiere que Vulcano sintió envidia de Zeus por la forma en que esté creo a la diosa Atenea, y en su intento por imitar la empresa del Dios padre, surje de su cabeza el cabronismo, que se infiere es la infidelidad.

Voltaire usa el nombre de Vulcano en lugar de Hefesto, Zeus en lugar de Jupiter y Venus en lugar de afrodita, usando por igual los nombres griegos y sus equivalentes romanos.

Este cuento en verso, lo mismo que el siguiente, corresponden a la juventud de Voltaire, entre 1714 y 1716, y ambos siguen la tradición boccacciana y satírica de la Edad Media en torno al conudismo.

Los sesenta y tres versos de El cabronismoestán dedicados a una Iris cuyo nombre real Voltaire oculta.

Voltaire recurre a los dioses del Olimpo romano para dar cuenta del origen del cabronismo. Los amores de Júpiter y Venus habrían dado nacimiento a Cupido, con gran irritación del marido de la diosa, Vulcano, dios del fuego.

En la época alejandrina se representaba a Cupido como un niño alado y con carcaj, cuyas flechas inflamaban los corazones de dioses, semidioses y humanos.

La moneda – D.F. Ospina

He puesto a girar la moneda, cada segundo una de sus caras completa una vuelta exacta sobre ese eje fortuito y temporal. Muertes, explosiones, besos, despedidas, la cara de la moneda solo puede ver en una dirección, todo el tiempo. Desde la mesa me llegan los sonidos metálicos. Me llegan a mí, pero acaso ¿no existe nadie más dando giro a la moneda en este mismo instante en Beijing? o ¿en Bagdad? Estoy seguro que sí. ¿Entonces ni siquiera este momento en el que reflexiono es real? Probablemente no. Todo parece ser un simulacro, la repetición del mismo hecho millones de veces hacia delante y hacia atrás. Nuestros padres, nuestros abuelos, todos hicieron lo mismo, y cuando ellos lo hacían, lo hacia también un soldado en Normandía al anochecer, un mercader en Adís Abeba después de haber cerrado su local. Todos los momentos se agotaron. El fin del tiempo ha llegado sobre este planeta. Aún… aún en otros planetas, seguiremos haciendo lo mismo… el primer astronauta en marte, girando una moneda. Mi moneda. Yo soy todos.

Hemos vislumbrado el “Eterno Retorno”, tal parece que no podemos escapar de nuestra naturaleza. Hemos creado el orden, pero dicho orden no existe, no es más que una alineación comprensible de las cosas. En realidad, toda organización es caos, una versión racional del caos, de ninguna manera menos caótica. Pero existe una cosa, un orden puro y real que se escapa a todos aquellos creados por el hombre. Los números. Piénsalo… el uno era uno antes de que el hombre comprendiera su valor… Así, los hombres han llegado de las cavernas del sur de áfrica a Bering, de norte américa hasta la Patagonia, y con ellos todos los órdenes y clases cambiaron, pero el uno es uno en las ciudadelas mayas, en las pirámides de Egipto o en las islas de polinesia.

Podría relatar toda la historia del hombre, hablar de los maravillosos descubrimientos que hiso mientras existió, de su prodigioso avance a partir del siglo XXI, pero resultaría fútil. El hombre no comprendió una cosa; el significado del progreso. Paso de ver el cielo nocturno a colonizar las estrellas y jamás lo comprendió. Resulta paradójico y burlesco el hecho de que el hombre ya desde un estadio temprano de su desarrollo se percató de cuál sería el único fin posible de su universo, el único fin posible de su historia; ser olvidado, por siempre jamás.

 

El Tío Stalin – D.F. Ospina

Eran las 9 de la noche de un día que probablemente fue un martes. El viento nocturno recorría en corrientes largas y punzantes las tiendas de los soldados. Yo tenía veinte años, era joven pero no estúpido. Dormía con el uniforme puesto sobre la tierra desnuda y granulosa. Estábamos muy cerca de la playa. Pearl nos había marcado, pero no roto.

Buck era un maldito californiano con rasgos asiáticos, tenía esos ojos alargados y esos labios delgados. Era un delgado espagueti verde en su uniforme. Lo habían enviado junto con un grupo de reservistas del cual también yo formaba parte. Aunque él fue el último en incorporase. Las manos las tenía salpicadas de manchas largas que eran como dibujos de islas pequeñas, un archipiélago en la dermis. Llevaba con él un mazo de cartas que le saco al cadáver de un soldado la noche anterior. El papel se había mojado y las chicas, antes hermosas, ahora eran la triste imagen de mujeres desafortunadas. Feas.

Buck barajeaba el mazo todas las noches y siempre a la misma hora. Eso no explica como hacía para sacar de entre todo el mazo la foto de su novia y hacer con ella sus fechorías de púbero.

Ahora que pienso en él y en toda la leche que debió de derramar en las playas japonesas. Pensar que pudo haberla vendido como esperma de ballena para los faciales de las niñas ricas, pero no. El tipo tenía una fuga imparable, todas las noches, una y otra vez. Era incomodo sentir como enturbiaba el aire con su respiración agitada. Más de una vez estuvieron a punto de patearle el trasero, pero no pasó, el chico no dormía. Estaba muy asustado.

Recuerdo también a G. Norris y a Philliph Pachman, el primero era un negro obeso de Boston, mientras que Philliph era de New Orleans, no sé cómo se conocieron, pero durante toda la campaña se hicieron comer mierda el uno al otro. El grupo estaba formado por veinte hombres, todos tan poco importantes como yo.

La noche nos sonreía con una luna creciente. Las estrellas recorrían el cielo, o viceversa. Buck hacia lo suyo en una esquina sobre la tierra, entre rocas chinas. Todos estaban de acuerdo con su plan de fertilización de las tierras orientales. Gerald dormía con una granada en la mano, dispuesto a volarnos a todos a la menor señal de peligro. Las cosas no eran como ahora aparecen en las pantallas. Teníamos miedo. A veces avanzábamos por la presión externa y no por una acción voluntaria. A pesar de todo, la muerte es un gran motivador personal. 59 japoneses muertos los primeros tres días. Caían como las abejas en el humo, pobres hombres. Los mate sin pensar que eran humanos, más bien los veía como a perros, o mejor, como al ganado que va al matadero. Sé que ellos tampoco nos veían como humanos, por lo que en realidad no me siento tan mal, aunque a veces se me pone la piel de gallina. Matar tantos hombres. Bueno, por lo menos no soy el tío Stalin…

La casa de Asterión – Jorge Luis Borges

Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
Apolodoro: Biblioteca, iii, I.

         Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito)1 están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios pero si la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en egipto hay una parecida). Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridicula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, anadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se posternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó en el mar. no en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.           El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espiritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duremo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocaremos en otro patio o bien decía yo que te gustaría la canalta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás como el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reimos buenamente los dos.
No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, asterión. quizá yo he creado las estrellas y el sol la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La cremonia dura pocos minutos. uno tras otro caen sin que yo me ensangrinte las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadaveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llgaría mi redentor. desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mo oído alcanza todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Como será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

  El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
          —¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El minotauro apenas se defendió.

A Marta Mosquera Eastman

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Photo by Leannecole.com.au

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El esposo complaciente – Marqués de Sade

Toda Francia se enteró de que el príncipe de Bauffremont tenía, poco más o menos, los mismos gustos que el cardenal del que acabamos de hablar. Le habían dado en matrimonio a una damisela totalmente inexperta a la que, siguiendo la costumbre, habían instruido tan sólo la víspera.

-Sin mayores explicaciones -le dice su madre- como la decencia me impide entrar en ciertos detalles, sólo tengo una cosa que recomendarte, hija mía: desconfía de las primeras proposiciones que te haga tu marido y contéstale con firmeza: «No, señor, no es por ahí por donde se toma a una mujer decente; por cualquier otro sitio que te guste, pero por ahí de ninguna manera….»

Se acuestan y por un prurito de pudor y de honestidad que no se hubiera sospechado ni por asomo, el príncipe, queriendo hacer las cosas como Dios manda al menos por una vez, no propone a su mujer más que los castos placeres del himeneo; pero la joven, bien educada, se acuerda de la lección:

-¿Por quién me tomas, señor? -le dice-. ¿Te has creído que yo iba a consentir algo semejante? Por cualquier otro sitio que te guste, pero por ahí de ninguna manera.

-Pero, señora…

-No, señor, por más que insistas nunca accederé a eso.

-Bien, señora, habrá que complacerte -contesta el príncipe apoderándose de su altar predilecto-. Mucho me molestaría que dijeran que quise disgustarte alguna vez.

Y que vengan a decirnos ahora a nosotros que no merece la pena enseñar a las hijas lo que un día tendrán que hacer con sus maridos.

En el Bosque – Ryunosuke Akutagawa

Declaración del leñador interrogado por el oficial de investigaciones de la Kebushi

-Yo confirmo, señor oficial, mi declaración. Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana, como lo hago siempre, fui al otro lado de la montaña para hachar abetos. El cadáver estaba en un bosque al pie de la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco cho, me parece, del camino del apeadero de Yamashina. Es un paraje silvestre, donde crecen el bambú y algunas coníferas raquíticas.

El muerto estaba tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador de color celeste y llevaba un eboshi de color gris, al estilo de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo, pero era una herida profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de bambú caídas en su alrededor estaban como teñidas de suho. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual, bien lo recuerdo, estaba tan agarrado un gran tábano que ni siquiera escuchó que yo me acercaba.

¿Si encontré una espada o algo ajeno? No. Absolutamente nada. Solamente encontré, al pie de un abeto vecino, una cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré alrededor, pero las hierbas y las hojas muertas de bambú estaban holladas en todos los sentidos; la victima, antes de ser asesinada, debió oponer fuerte resistencia. ¿Si no observé un caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese paraje de la carretera.

Declaración del monje budista interrogado por el mismo oficial

-Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia el mediodía, según creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. Él marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado por una mujer montada a caballo. La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su rostro. Me fijé solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo, me parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku cuatro sun, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien armado. Portaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy bien.

¿Cómo podía adivinar yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o como un relámpago… Lo lamento… no encuentro palabras para expresarlo…

Declaración del soplón interrogado por el mismo oficial

-¿El hombre al que agarré? Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía haber caído del caballo. ¿La hora? Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche. La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo comprobar, llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mismas armas? Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus largas riendas arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.

De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el más mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él quien mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la mujer que venía a caballo. No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero este aspecto merece ser aclarado.

Declaración de una anciana interrogada por el mismo oficial

-Sí, es el cadáver de mi yerno. Él no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia de Wakasa. Se llamaba Takehito Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.

¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un hombre. No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ángulo externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.

Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba este destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero… ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí, Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a mi yerno, sino que… (Los sollozos ahogaron sus palabras.)

Confesión de Tajomaru

Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas, por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada oculto.

Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento descubrió el rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante… Un segundo después ya no lo veía. La brevedad de esta visión fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu. Repentinamente decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.

¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante como ustedes creen. El rapto de una mujer implica necesariamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable que llevo en mi cintura, mientras ustedes matan por medio del poder, del dinero y hasta de una palabra aparentemente benévola. Cuando matan ustedes, la sangre no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero no la han matado menos! Desde el punto de vista de la gravedad de la falta me pregunto quién es más criminal. (Sonrisa irónica.)

Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar a hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo, como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.

Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de la mirada de los envidiosos los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia… Luego… ¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo el camino de la montaña.

Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción ante la cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo esperaba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré en el bosque seguido por el hombre.

Al comienzo, sólo había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro junto al cual se alzaban unos abetos… Era el lugar ideal para poner en práctica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, lo engañé diciéndole con aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. Los bambúes iban raleando, y llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé. Era un hombre armado y parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.

Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su marido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó. Se desembarazó de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa. Nunca vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría costado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí eludir tan furioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru: conseguí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.

Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como una loca. Y la escuché decir, entrecortadamente, que ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no podía soportar la vergüenza ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo. Ella se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un escalofrío.)

Al escuchar lo que les cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado después de deshacerme de ella con un puntapié. Y no habría manchado mi espada con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mujer en la penumbra del bosque, decidí no abandonar el lugar sin haber matado a su marido.

Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé llevármela.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se precipitó sobre mí. No hay nada que contar, ya conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resistido más de veinte… (Sereno suspiro.)

Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma ensangrentada. ¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.

Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida: apoderándome de las armas del muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré apenas que antes de entrar en la capital vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo supe. Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia.)


Confesión de una mujer que fue al templo de Kiyomizu

-Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que clavar en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instintivamente corrí, mejor dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo, y arrojándome un puntapié me hizo caer. En ese instante, vi un extraño resplandor en los ojos de mi marido… un resplandor verdaderamente extraño… Cada vez que pienso en esa mirada, me estremezco. Imposibilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí desvanecida.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la conciencia El bandido había desaparecido y mi marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentía en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante; me aproximé a mi marido y le dije:

-Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situación horrible en que me encuentro, ya no podré seguir contigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte! Has sido testigo de mi vergüenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!

Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal. Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:

-Te pido tu vida. Yo te seguiré.

Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: «Mátame».

Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a través de su kimono.

Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver. Después… ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle… ¡Todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo ningún motivo para jactarme. (Triste sonrisa.) Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido… qué podía hacer. Aunque yo… yo… (Estalla en sollozos.)


Lo que narró el espíritu por labios de una bruja

-El salteador, una vez logrado su fin, se sentó junto a mi mujer y trató de consolarla por todos los medios. Naturalmente, a mí me resultaba imposible decir nada; estaba atado al pie del abeto. Pero la miraba a ella significativamente, tratando de decirle: «No lo escuches, todo lo que dice es mentira». Eso es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas de bambú, miraba con fijeza sus rodillas. Daba la impresión de que prestaba oídos a lo que decía el bandido. Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido, por su parte, escogía las palabras con habilidad. Me sentí torturado y enceguecido por los celos. Él le decía: «Ahora que tu cuerpo fue mancillado tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Fue a causa del amor que me inspiraste que yo actué de esta manera». Y repetía una y otra vez semejantes argumentos. Ante tal discurso, mi mujer alzó la cabeza como extasiada. Yo mismo no la había visto nunca con expresión tan bella. ¡Y qué piensan ustedes que mi tan bella mujer respondió al ladrón delante de su marido maniatado! Le dijo: «Llévame donde quieras». (Aquí, un largo silencio.)

Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la negrura de esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba a punto de abandonar el lugar, se dirigió hacia mí con el rostro pálido, y señalándome con el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol, dijo: «¡Mata a ese hombre! ¡Si queda vivo no podré vivir contigo!». Y gritó una y otra vez como una loca: «¡Mátalo! ¡Acaba con él!». Estas palabras, sonando a coro, me siguen persiguiendo en la eternidad. ¡Acaso pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseos tan horrible! ¡Escuchó o ha oído alguno palabras tan malignas! Palabras que… (Se interrumpe, riendo extrañamente.)

Al escucharlas hasta el bandido empalideció. «¡Acaba con este hombre!». Repitiendo esto, mi mujer se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó. Y de inmediato la arrojó de una patada sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en carcajadas.) Y mientras se cruzaba lentamente de brazos, el bandido me preguntó: «¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone? No tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza. ¿Quieres que la mate?…»

Solamente por esa actitud, yo habría perdonado a ese hombre. (Silencio.)

Mientras yo vacilaba, mi esposa gritó y se escapó, internándose en el bosque. El hombre, sin perder un segundo, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba inmóvil esa pesadilla. Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas, y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que murmuraba:

«Esta vez me toca a mí». Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. «¿Alguien llora?», me pregunté. Mientras me liberaba, presté atención: eran mis propios sollozos los que había oído. (La voz calla, por tercera vez, haciendo una larga pausa.)

Por fin, bajo el abeto, liberé completamente mi cuerpo dolorido. Delante mío relucía el puñal que mi esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo clavé de un golpe en mi pecho. Sentí un borbotón acre y tibio subir por mi garganta, pero nada me dolió. A medida que mi pecho se entumecía, el silencio se profundizaba. ¡Ah, ese silencio! Ni siquiera cantaba un pájaro en el cielo de aquel bosque. Sólo caía, a través de los bambúes y los abetos, un último rayo de sol que desaparecía… Luego ya no vi bambúes ni abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio. En aquel momento, unos pasos furtivos se me acercaron. Traté de volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad. Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar…

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