El Tío Stalin – D.F. Ospina

Eran las 9 de la noche de un día que probablemente fue un martes. El viento nocturno recorría en corrientes largas y punzantes las tiendas de los soldados. Yo tenía veinte años, era joven pero no estúpido. Dormía con el uniforme puesto sobre la tierra desnuda y granulosa. Estábamos muy cerca de la playa. Pearl nos había marcado, pero no roto.

Buck era un maldito californiano con rasgos asiáticos, tenía esos ojos alargados y esos labios delgados. Era un delgado espagueti verde en su uniforme. Lo habían enviado junto con un grupo de reservistas del cual también yo formaba parte. Aunque él fue el último en incorporase. Las manos las tenía salpicadas de manchas largas que eran como dibujos de islas pequeñas, un archipiélago en la dermis. Llevaba con él un mazo de cartas que le saco al cadáver de un soldado la noche anterior. El papel se había mojado y las chicas, antes hermosas, ahora eran la triste imagen de mujeres desafortunadas. Feas.

Buck barajeaba el mazo todas las noches y siempre a la misma hora. Eso no explica como hacía para sacar de entre todo el mazo la foto de su novia y hacer con ella sus fechorías de púbero.

Ahora que pienso en él y en toda la leche que debió de derramar en las playas japonesas. Pensar que pudo haberla vendido como esperma de ballena para los faciales de las niñas ricas, pero no. El tipo tenía una fuga imparable, todas las noches, una y otra vez. Era incomodo sentir como enturbiaba el aire con su respiración agitada. Más de una vez estuvieron a punto de patearle el trasero, pero no pasó, el chico no dormía. Estaba muy asustado.

Recuerdo también a G. Norris y a Philliph Pachman, el primero era un negro obeso de Boston, mientras que Philliph era de New Orleans, no sé cómo se conocieron, pero durante toda la campaña se hicieron comer mierda el uno al otro. El grupo estaba formado por veinte hombres, todos tan poco importantes como yo.

La noche nos sonreía con una luna creciente. Las estrellas recorrían el cielo, o viceversa. Buck hacia lo suyo en una esquina sobre la tierra, entre rocas chinas. Todos estaban de acuerdo con su plan de fertilización de las tierras orientales. Gerald dormía con una granada en la mano, dispuesto a volarnos a todos a la menor señal de peligro. Las cosas no eran como ahora aparecen en las pantallas. Teníamos miedo. A veces avanzábamos por la presión externa y no por una acción voluntaria. A pesar de todo, la muerte es un gran motivador personal. 59 japoneses muertos los primeros tres días. Caían como las abejas en el humo, pobres hombres. Los mate sin pensar que eran humanos, más bien los veía como a perros, o mejor, como al ganado que va al matadero. Sé que ellos tampoco nos veían como humanos, por lo que en realidad no me siento tan mal, aunque a veces se me pone la piel de gallina. Matar tantos hombres. Bueno, por lo menos no soy el tío Stalin…

¿?

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