Feanor and melkor

J.R.R. Tolkien – De Fëanor y el desencadenamiento de Melkor – Quenta Silmarillion

Ahora los Tres Pueblos de los Eldar estaban reunidos por fin en Valinor, y Melkor había sido encadenado. Era éste el Mediodía del Reino Bendecido, en la plenitud de su gloria y bienaventuranza, larga en cómputo de años, pero demasiado breve en el recuerdo. En esos días los Eldar alcanzaron la plena madurez de cuerpo y mente, y los Noldor continuaron progresando en habilidades y conocimientos; y pasaban los largos años entretenidos en gozosos trabajos de los que nacieron muchas cosas nuevas, hermosas y maravillosas. Ocurrió en ese entonces que los Noldor concibieron por vez primera las letras, y el maestro Rúmil de Tirion fue el primero en idear unos signos adecuados para el registro del discurso y las canciones, algunos para ser grabados en metal o en piedra, otros para ser dibujados con pluma o pincel.
En ese tiempo nació en Eldamar, en la morada del Rey de Tirion, en la cima de Túna, el mayor de los hijos de Finwë, y el más amado. Curufinwë fue su nombre pero su madre lo llamó Fëanor, Espíritu de Fuego; y así se lo recuerda en todos los cuentos de los Noldor.
Míriel fue el nombre de su madre, a quien llamaban Serindë, por su suprema habilidad en el tejido y el bordado; pues no había manos más diestras que las de ella entre todos los Noldor. El amor entre Finwë y Míriel era grande y dichoso, porque empezó en el Reino Bendecido en los Días de Bienaventuranza. Pero el alumbramiento del hijo consumió el espíritu y el cuerpo de Míriel; que deseó entonces librarse de los cuidados de la vida. Y después de darle nombre, le dijo a Finwë: —Nunca volveré a concebir un hijo; porque la fuerza que habría nutrido a muchos se ha agotado toda en Fëanor.
Se apenó entonces Finwë, porque los Noldor estaban en la juventud de sus días y él deseaba traer muchos hijos a la beatitud de Aman; y dijo: —Sin duda hay cura en Aman. Aquí toda fatiga encuentra reposo. Pero como Míriel continuaba languideciendo, Finwë buscó el consejo de Manwë, y Manwë la entregó a los cuidados de Irmo, en Lórien. Cuando se despidieron (por corto tiempo, creyó él), Finwë estaba triste, porque le parecía una desdicha que la madre tuviera que partir y no acompañara a su hijo al menos en los primeros días de infancia.
—Es por cierto una desdicha —dijo Míriel—, y lloraría si no estuviera tan cansada. Pero considérame inocente en esto y en todo lo que pueda acaecer en adelante.
Fue entonces a los jardines de Lórien y se tendió a dormir; pero aunque parecía dormida, en verdad el espíritu se le separó del cuerpo, y se trasladó en silencio a las estancias de Mandos. Las doncellas de Este cuidaron del cuerpo de Míriel, que permaneció incorrupto; pero ella ya no volvió. Entonces Finwë vivió atormentado; y fue a menudo a los jardines de Lórien, y sentado bajo los sauces de plata junto al cuerpo de Míriel, la llamaba por todos los nombres que ella tenía, pero siempre en vano; y en todo el Reino Bendecido sólo Finwë no tenía alegría alguna. Al cabo de un tiempo, ya no volvió a Lórien.
Y desde entonces se dedicó por entero a su hijo; y Fëanor creció de prisa, como si un fuego secreto lo animara desde dentro. Era alto, y hermoso de rostro, y de gran destreza, de ojos de brillo penetrante y cabellos negros como plumas de cuervo; decidido e inquebrantable en la persecución de todos sus propósitos. Pocos lo desviaron de su camino por persuasión, ninguno por la fuerza. Fue entre todos los Noldor, entonces o después, el más sutil de mente y el de manos más hábiles. En su juventud, superando la obra de Rúmil, inventó las letras que llevan su nombre y que luego los Eldar utilizaron siempre; y fue él el primero entre los Noldor en descubrir que con habilidad podían hacerse gemas más grandes y brillantes que las de la Tierra. Las primeras gemas que hizo Fëanor eran blancas e incoloras, pero expuestas a la luz de las estrellas resplandecían con fuegos azules y plateados más brillantes que Helluin; y otros cristales hizo además en los que las cosas distantes podían verse pequeñas pero claras, como con los ojos de las Águilas de Manwë. Rara vez estaban ociosas las manos y la mente de Fëanor.
Cuando estaba todavía en su primera juventud, desposó a Nerdanel, la hija de un gran herrero llamado Mahtan, entre los Noldor el más amado de Aulë; y de Mahtan aprendió mucho sobre la hechura de las cosas de metal y piedra. Nerdanel era también de firme voluntad, pero más paciente que Fëanor, deseando antes comprender las mentes que dominarlas, y al principio ella lo retenía cuando el fuego del corazón de Fëanor ardía demasiado; pero las cosas que él hizo luego la entristecieron, y dejaron de sentirse unidos. Siete hijos le dio a Fëanor; y el temple de ella fue transmitido a algunos de ellos, pero no a todos.
Sucedió entonces que Finwë tomó como segunda esposa a Indis la Bella. Era una Vanya, pariente próxima de Ingwë el Rey Supremo; alta y de cabellos dorados, en nada parecida a Míriel. Finwë la amó mucho y fue otra vez dichoso. Pero la sombra de Míriel no abandonó la casa de Finwë, ni tampoco su corazón; y de todos los que él amaba, Fëanor siempre ocupó la mayor parte de sus pensamientos.
El casamiento de su padre no fue del agrado de Fëanor; y no tuvo gran estima por Indis, ni tampoco por Fingolfin ni por Finarfin, los hijos de ella. Vivió apartado explorando la tierra de Aman y ocupándose del conocimiento y las artes en que se deleitaba. En las cosas desdichadas que luego sucedieron y que Fëanor acaudilló, muchos vieron el resultado de esta ruptura habida en la casa de Finwë, juzgando que si Finwë hubiera soportado la pérdida de Míriel, y se hubiera contentado con tener un único y poderoso hijo, otros habrían sido los caminos de Fëanor y muchos males podrían haberse evitado; porque el dolor y la disputa en la casa de Finwë han quedado grabados en la memoria de los Elfos Noldorin. Pero los hijos de Indis fueron grandes y gloriosos, y también los hijos de los hijos; y si no hubieran vivido, la historia de los Eldar no habría tenido nunca la misma grandeza.
Ahora bien, aun mientras Fëanor y los artesanos de los Noldor trabajaban con deleite, sin pensar que esas labores pudieran tener fin, y los hijos de Indis crecían y alcanzaban la plenitud, el Mediodía de Valinor estaba ya concluyendo. Porque sucedió que Melkor, como lo habían decretado los Valar, completó el término de su confinamiento, después de haber pasado tres edades en la prisión de Mandos. Por fin, como Manwë lo había prometido, fue llevado nuevamente ante los tronos de los Valar. Los vio entonces en toda su gloria y beatitud, y la envidia le ganó el corazón; miró a los Hijos de Ilúvatar que estaban sentados a los pies de los Poderosos, y el odio lo dominó, miró la riqueza de brillantes gemas y sintió codicia; pero ocultó sus pensamientos y postergó su venganza.
Ante las puertas de Valmar, Melkor se rebajó a los pies de Manwë y pidió perdón, prometiendo que si lo convertían sólo en el menor de los habitantes libres de Valinor, ayudaría a los Valar en todas sus tareas, principalmente en la curación de las muchas heridas que él mismo había abierto en el mundo. Y Nienna apoyó este alegato; pero Mandos no dijo una palabra.
Entonces Manwë le concedió el perdón; pero los Valar no permitieron que se apartara en seguida de la vista y la vigilancia de ellos, y tuvo que habitar dentro de los confines de Valmar. Pero de hermosa apariencia eran todas las palabras y los hechos de Melkor en este tiempo, y tanto los Valar como los Eldar sacaban provecho de la ayuda y los consejos de él, si los buscaban; y por tanto al cabo de un tiempo se le permitió circular libremente por la tierra, y le pareció a Manwë que Melkor estaba curado de todo mal. Porque no había mal en Manwë y no podía comprenderlo, y sabía que en el principio, en el pensamiento de Ilúvatar, Melkor había sido como él; y no veía las profundidades del corazón de Melkor y no advertía que el amor lo había abandonado para siempre. Pero Ulmo no se engañó, y Tulkas cerraba los puños cada vez que veía pasar a Melkor, el enemigo, porque si Tulkas es lento para la cólera, lo es también para olvidar. Pero obedecían el juicio de Manwë, pues quienes defienden la autoridad contra la rebelión, no han de rebelarse ellos mismos.
Ahora bien, en su corazón era a los Eldar a quienes más odiaba Melkor, tanto porque eran hermosos y felices, como porque en ellos veía la causa de la elevación de los Valar y la de su propia caída. Por ese motivo, tanto más fingía amarlos y buscaba la amistad de los Eldar, y les ofrecía el servicio de su ciencia y de su trabajo en toda gran empresa que ellos emprendiesen. Los Vanyar, por cierto, sospechaban de él, pues habitaban a la luz de los Árboles y eran dichosos; y Melkor ponía poca atención en los Teleri, pues los consideraba de escaso valor, instrumentos en exceso débiles para sus designios. Pero los Noldor se complacían en el conocimiento oculto que podía revelarles, y algunos escuchaban palabras que mejor les hubiera valido no haber oído nunca. Melkor en verdad declaró después que Fëanor había aprendido mucho de él en secreto, y que él lo había instruido en la más grande de todas sus obras; pero mentía por envidia y codicia, pues ninguno de los Eldalië odió nunca tanto a Melkor como Fëanor hijo de Finwë, quien por primera vez le dio el nombre de Morgoth; y aunque atrapado en las redes de la malicia de Melkor contra los Valar, no habló con él, ni buscó su consejo. Porque sólo el fuego de su propio corazón impulsaba a Fëanor, que trabajaba siempre de prisa y solo; y nunca pidió la ayuda ni buscó el consejo de nadie que habitara en Aman fuera grande o pequeño, excepto sólo y por un corto tiempo los de su esposa, Nerdanel la Sabia.

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