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El hombre que era yo

Cierta noche llegue de improviso a una solitaria cabaña de madera negra, ubicada en las faldas de la montaña más alta que yo había visto desde que había iniciado mi viaje. Tenía un portón coronado con el cráneo de un venado de gran cornamenta, pero ningún nombre. Me apresure a tocar, llevaba tres días caminando y había dormido a la intemperie con las nanas de los lobos y la única iluminación de la luna gibosa y sus estrellas opacas. Golpee tres veces la puerta con un tono moderado, nadie abría, toque otras tres veces, con más fuerza, mis huesos se estaban congelando con el aire glacial que descendía del pico de la montaña. No abrieron.

Una vez resguardo del frio y de la noche, habiendo encendido la chimenea y superado el dolor del golpe contra la puerta que abrí violentamente, cual vulgar ladrón, me dispuse a buscar comida. Registraba con los ojos todo el espacio en la singular cabaña, pero no había nada, a excepción de un sombrero que me pareció de guardabosques. Estaba la sala con su chimenea improvisada pero eficiente y a la izquierda una habitación cerrada que no pude abrir por más que forcejeé para entrar. A la derecha toda la edificación y sus puertas estaban abiertas, pero vacías, desprovistas de la huella humana, del escombro de nuestra existencia, por lo que asumí que estas nunca en su historia estuvieron habitadas. Al final del pasillo me encontré con el retrato de un hombre, era un dibujo de esos hechos a lápiz de carbón tan comunes antaño. El hombre en cuestión estaba sentado en un sillón frente a la chimenea, su rostro no era visible puesto que en la pintura el miraba hacia el fuego y solo un escaso perfil era observable desde semejante posición. Me senté en el sillón, con hambre, infeliz por la soledad que nuevamente me acompañaba.

Desperté sudando a mitad de la noche, no podía soñar con nada y al cabo de un tiempo me fui sintiendo más cansado a pesar de permanecer inmóvil en el mueble. De un momento a otro me embargo una curiosidad morbosa por saber lo que aguardaba al otro lado de la puerta. ¿Será comida? Me dije, y como todo ser vivo, hombre o animal, viéndome en la implacable necesidad de comer para vivir, me resolví a derribar la puerta de una patada, Camine por el pasillo de la derecha, hasta el final, hasta el dibujo del hombre embebido en el calor de su fogata y avanzase, cruce gritando el pasillo, y de una patada la puerta se abrió.

Por un segundo y antes de ser engullido por la negrura tras la puerta, no pensé en la muerte, sino en el retrato de aquel hombre que llego con frio a la cabaña. Aquel hombre, era yo.

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