La Botellita de Cristal

«Parad, hay algo flotando a sotavento» el que hablaba era un hombre bajo y robusto llamado William Jones, era el patrón de un pequeño laúd en el que navegaban él y sus hombres en el momento en que empieza esta historia.

   «Sí, sí, señor» contestó John Towers y detuvieron la embarcación. El patrón John alargó la mano hacia el objeto descubriendo ahora que era una botella «Sólo es una botella de ron que ha tirado algún barco que pasaba» dijo pero en un impulso de curiosidad la cogió. Era una botella de ron e iba a devolverla al agua cuando se dio cuenta de que dentro TENÍA un trozo de papel. Lo sacó y leyó en él lo siguiente

   I de enero de 1864

   Soy John Jones el que escribe esta carta mi barco se está hundiendo deprisa con un tesoro a bordo. Estoy donde hay marcado un * en la carta que incluyo

   El patrón Jones le dio la vuelta a la hoja y en la otra cara tenía un mapa

   En el borde había escritas estas palabras:   

     las líneas de puntos representan la ruta que llevábamos

   «Towers» Dijo el patrón Jones con excitación «lea esto» Towers hizo lo que le pedían «Creo que merece la pena ir» dijo el patrón Jones «¿usted qué opina?» «Igual que usted» replicó Towers. «Alquilaremos una goleta hoy mismo» dijo el patrón excitado «De acuerdo» dijo Towers, conque alquilaron una embarcación y zarparon siguiendo las líneas de puntos de la carta en 4 días llegaron al lugar donde se indicaba y varios bajaron y subieron cargados con una botella de hierro en ella encontraron las siguientes líneas garabateadas en un trozo de papel de estraza

     3 de dic de 1880

Querido buscador disculpa la broma pesada que te he gastado pero te mereces no haber encontrado nada por tu estupidez.

     «Razón tiene» dijo el patrón Jones «continúo»

     Sin embargo pagaré tus gastos de ida y vuelta al lugar donde has encontrado la botella calculo que serán 25.0.00 dólares así que encontrarás esa cantidad en una arqueta de hierro sé dónde has encontrado la botella porque la he puesto yo ahí y la arqueta de hierro y luego busqué un buen lugar para dejar una segunda botella esperando que el dinero que contiene pague los gastos, de manera que termino –Anónimo»

   «Me gustaría arrancarle la cabeza de un puntapié» dijo el patrón Jones «Buzo baja ahí y saca los 25.0.00 dólares» en un minuto el buzo subió con una arqueta de hierro dentro encontraron 25.0.00 dólares Esto pagó los gastos pero no creo que vuelvan nunca más a un lugar misterioso siguiendo las instrucciones de una botella misteriosa.
Título original: “The Little Glass Bottle”, traducido por F. Torres Oliver. Escrito ca. 1898-1899, seguramente bajo la influencia del “Manuscrito hallado en una botella” de Poe. Publicado por vez primera en 1959 en The Shuttered Room and Other Pieces, Arkham House, Sauk City (Wisconsin), edición de August Derleth, y reimpreso posteriormente en 1984 en el folleto Juvenilia: 1897-1905, editado por S. T. Joshi para Necronomicon Press, West Warwick (Rhode Island). La traducción sigue el texto corregido que aparece en Miscellaneous Writings.

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El mozo de cuerda tuerto

Nuestros dos ojos no vuelven mejor nuestra condición; uno nos sirve para ver los bienes, y el otro los males de la vida. Mucha gente tiene la mala costumbre de cerrar el primero, y muy pocos cierran el segundo; por eso hay tanta gente que preferiría estar ciega a ver todo lo que ve. ¡Felices los tuertos que sólo están privados de ese mal ojo que echa a perder todo lo que mira! Mesrur es un ejemplo.

Habría sido preciso ser ciego para no ver que Mesrur era tuerto. Lo era de nacimiento; pero era un tuerto tan contento con su estado que nunca se le había ocurrido desear otro ojo. No eran los dones de la fortuna los que lo consolaban de los entuertos de la naturaleza, porque era un simple mozo de cuerda² y no tenía más tesoro que sus espaldas; mas era feliz, y demostraba que un ojo de más y una pena de menos contribuyen bien poco a la felicidad. El dinero y el apetito siempre le llegaban en proporción a la tarea que hacía; trabajaba por la mañana, comía y bebía por la tarde, dormía de noche, y miraba todos sus días como otras tantas vidas separadas, de suerte que la preocupación por el futuro nunca le perturbaba el goce del presente. Como podéis ver, era a un tiempo tuerto, mozo de cuerda y filósofo.

Por azar, vio pasar en una brillante carroza a una gran princesa que tenía un ojo más que él, cosa que no le impidió encontrarla muy hermosa, y, como los tuertos sólo difieren del resto de los hombres en que tienen un ojo de menos, se enamoró locamente. Tal vez alguien diga que, cuando uno es mozo de cuerda y tuerto, no hay que enamorarse, sobre todo de una gran princesa, y, lo que es más, de una princesa que tiene dos ojos; convengo en que es muy de temer no agradar; sin embargo, como no hay amor sin esperanza, y como nuestro mozo de cuerda amaba, esperó.

Como tenía más piernas que ojos, y además eran buenas, siguió durante cuatro leguas la carroza de su diosa, de la que tiraban con gran rapidez seis grandes caballos blancos. En aquel tiempo, la moda entre las damas era viajar sin lacayo ni cochero y guiar ellas mismas: los maridos querían que siempre fuesen solas, para estar más seguros de su virtud, cosa directamente opuesta a la opinión de los moralistas, que dicen que en la soledad no hay virtud.

Mesrur seguía corriendo junto a las ruedas de la carroza, volviendo su ojo bueno hacia la dama, sorprendida de ver a un tuerto con aquella agilidad. Mientras él demostraba así que uno es infatigable porque ama, una bestia salvaje, perseguida por unos cazadores, cruzó el camino real y espantó a los caballos que, con el bocado entre los dientes, arrastraban a la hermosa hacia un precipicio. Su nuevo enamorado, más espantado todavía que ella, aunque ella lo estuviese mucho, cortó los tiros con maravillosa destreza; los seis caballos blancos dieron solos el salto peligroso, y para la dama, que no estaba menos blanca que ellos, todo quedó en susto.

«Quien quiera que seáis, le dijo, nunca olvidaré que os debo la vida; pedidme cuanto queráis; cuanto tengo es vuestro. — ¡Ah!, con mayor razón puedo ofreceros otro tanto, respondió Mesrur; mas, si os lo ofreciera, siempre os ofrecería menos, porque sólo tengo un ojo y vos tenéis dos; pero un ojo que os mira vale más que dos ojos que no ven los vuestros.»

La dama sonrió, porque las galanterías de un tuerto no dejan de ser galanterías, y las galanterías siempre hacen sonreír.

«Querría poder daros otro ojo, le dijo, pero sólo vuestra madre podía haceros ese regalo; pese a todo seguidme.»

Tras estas palabras, se apea de su carruaje y prosigue el camino a pie; también bajó su perrillo, que caminaba junto a ella ladrando a la extraña figura de su escudero. Hago mal dándole el título de escudero, porque, por más que le ofreció el brazo, nunca quiso la dama aceptarlo so pretexto de que estaba demasiado sucio; y vais a ver que fue víctima de su limpieza. Tenía unos pies muy pequeños, y unos zapatos más pequeños todavía que sus pies, de modo que no estaba ni hecha ni calzada para soportar una larga caminata.

Unos pies bonitos consuelan de tener malas piernas cuando se pasa la vida en una tumbona en medio de un tropel de petimetres; pero ¿para qué sirven unos zapatos bordados de lentejuelas en un camino de piedras donde únicamente puede verlos un mozo de cuerda, y encima un mozo de cuerda que sólo tiene un ojo?

Melinade (ése es el nombre de la dama; mis razones he tenido para no decirlo hasta ahora, porque aún no estaba inventado) avanzaba como podía, maldiciendo a su zapatero, desgarrando sus zapatos, desollándose los pies y haciéndose esguinces a cada paso. Hacia hora y media poco más o menos que caminaba al paso de las grandes damas, es decir, que ya había hecho cerca de un cuarto de legua, cuando cayó rendida de fatiga.

El Mesrur, cuya ayuda había rechazado mientras estaba de pie, dudaba en ofrecérsela por temor a ensuciarla si la tocaba: sabía que no estaba limpio, la dama se lo había dado a entender con suficiente claridad, y la comparación que en el camino había hecho entre él y su amada se lo había demostrado más claramente todavía. Llevaba ella un vestido de un ligero paño de plata, sembrado de guirnaldas de flores, que hacía resplandecer la belleza de su talle; y él, un blusón pardo manchado en mil pun-tos, agujereado y remendado de suerte que los remiendos estaban al lado de los rotos, y no encima, donde sin embargo habrían estado más en su sitio. Él había comparado sus manos nerviosas y cubiertas de callosidades con dos manitas más blancas y delicadas que los lirios. Había visto, por último, los hermosos cabellos rubios de Melinade, que escapaban a través de un ligero velo de gasa, unos realzados en trenza y otros en rizos; a su lado, él sólo podía poner unas crines negras, erizadas y crespas, que por único adorno sólo tenían un turbante destrozado.

Mientras tanto, Melinade intenta levantarse, mas no tarda en volver a caer, y con tan mala fortuna que lo que enseñó a Mesrur privó a éste de la poca razón que la vista del rostro de la princesa había podido dejarle. Olvidó que era mozo de cuerda, que era tuerto, y únicamente pensó en la distancia que la fortuna había puesto entre Melinade y él; y no recordó siquiera que era un enamorado, porque faltó a la delicadeza que dicen in-separable de todo verdadero amor, y que a veces constituye su encanto y en la mayoría de las ocasiones su hastío; se sirvió de los derechos que a la brutalidad le daba su estado de mozo de cuerda, fue brutal y feliz³. Sin duda la princesa se hallaba entonces desvanecida, o gemía lamentando su destino; pero, como era justa, a buen seguro bendecía al destino según el cual todo infortunio lleva consigo su consuelo.

La noche había extendido sus velos sobre el horizonte y ocultaba con su sombra la verdadera dicha de Mesrur y las presuntas desgracias de Melinade⁴; Mesrur saboreaba los placeres de los perfectos amantes, y los saboreaba como mozo de cuerda, es decir (para vergüenza de la humanidad) de la forma más perfecta; los desmayos de Melinade la ganaban a cada instante, y a cada instante su amante recuperaba fuerzas. «Poderoso Mahoma, dijo una vez como hombre fuera de sí, pero como mal católico, a mi felicidad sólo le falta que la sienta también quien la causa; mientras estoy en tu paraíso, divino profeta, concédeme otro favor, ser a los ojos de Melinade lo que ella sería a mi ojo si fuera de día.» Acabó de rezar, y siguió gozando. La Aurora, siempre demasiado diligente para los amantes, sorprendió a Mesrur y a Melinade en la actitud en que ella misma habría podido ser sorprendida, un momento antes, con Titono⁵. Mas ¡cuál no sería el asombro de Melinade cuando, al abrir los ojos con los primeros rayos de la aurora, se vio en un lugar encantado con un joven de noble porte, y de rostro que se parecía al astro cuyo retorno esperaba la tierra! Tenía mejillas de color rosa y labios de coral; sus grandes ojos, tiernos y vivos a un tiempo, expresaban e inspiraban la voluptuosidad; su aljaba de oro, adornada de pedrerías, colgaba de sus hombros, y sólo el pla-cer hacía resonar sus flechas; su larga cabellera, retenida por un lazo de diamantes, flotaba libre sobre sus caderas, y un paño transparente, bordado de perlas, le servía de indumentaria sin ocultar nada de la belleza de su cuerpo. «¿Dónde estoy, y quién sois vos?, exclamó Melinade en el colmo de su sorpresa — Estáis, respondió él, con el miserable que ha tenido la dicha de salvaros la vida, y que se ha cobrado sobradamente su es-fuerzo.» Tan asombrada como encantada, Melinade lamentó que la metamorfosis de Mesrur no hubiera empezado antes. Se acerca a un brillante palacio que hería su vista y lee esta inscripción sobre la puerta: «Alejaos, profanos; estas puertas sólo se abrirán para el dueño del anillo⁶.» Mesrur se acerca a su vez para leer la misma inscripción, pero vio otros caracteres y leyó estas palabras: «Llama sin temor». Llamó, y al punto las puertas se abrieron por sí mismas con estrépito. Los dos amantes entraron, al son de mil voces y mil instrumentos, en un vestíbulo de mármol de Paros; de allí pasaron a una sala magnífica, donde los aguardaba un delicioso festín desde hacía mil doscientos cincuenta años sin que ninguno de los platos se hubiera enfriado todavía; se sentaron a la mesa, y cada uno fue servido por mil esclavos de la mayor hermosura; la comida estuvo acompañada de conciertos y danzas; y cuando hubo acabado, todos los ge-nios acudieron con el mayor orden, repartidos en diferentes grupos, con atavíos tan magníficos como singulares, a prestar juramento de fidelidad al amo del anillo, y a besar el dedo sagrado de quien lo llevaba.

Había sin embargo en Bagdad un musulmán muy devoto que, como no podía ir a lavarse en la mezquita, se hacía traer el agua de la mezquita a casa a cambio de una pequeña retribución que pagaba al sacerdote. Acababa de hacer la quinta ablución, para disponerse a la quinta plegaria, cuando su criada, joven aturdida muy poco devota, se desembarazó del agua sagrada arrojándola por la ventana. Fue a caer sobre un desgraciado profundamente dormido sobre la esquina de un mojón que le servía de cabecera. Fue inundado y se despertó. Era el pobre Mesrur quien, de regreso de su morada encantada, había perdido en su viaje el anillo de Salomón. Se había quitado sus ricas vestiduras y puesto el blusón; su hermosa aljaba de oro se había trocado en la escalerilla de madera, y, para colmo de desgracia, había perdido uno de sus ojos en el camino. Volvió a recordar entonces que la víspera había bebido gran cantidad de aguardiente que había abotargado sus sentidos y calentado su imaginación. Hasta entonces había apreciado ese licor por gusto; ahora empezó a amarlo por gratitud, y volvió alegremente a su trabajo, muy decidido a gastarse el jornal en comprar los medios para encontrar de nuevo a su querida Melinade. Cualquier otro se hubiera afligido por ser un maldito tuerto después de haber tenido dos hermosos ojos, por sufrir el rechazo de las barrenderas de palacio después de haber gozado los favores de una princesa más hermosa que las amadas del califa, y por estar al servicio de todos los burgueses de Bagdad después de haber reinado sobre todos los genios; pero Mesrur no tenía el ojo que ve el lado malo de las cosas.

In Memoriam: Robert Ervin Howard

La repentina e inesperada muerte el 11 de junio [1936] de Robert Ervin Howard, autor de relatos fantásticos de incomparable intensidad, constituye la mayor pérdida de la ficción fantástica desde el fallecimiento de Henry S. Whitehead hace cuatro años.

Howard nació en Peaster, Texas, el 22 de enero de 1906, y tenía edad para haber visto la última fase de la conquista del sudoeste; la colonización de las grandes llanuras y de la parte inferior del valle de Río Grande, y el espectacular crecimiento de la industria del petróleo con sus bulliciosas ciudades producto del boom. Su familia había vivido en el sur, el este y el oeste de Texas, y en el oeste de Oklahoma; durante los últimos años se instalaron en Cross Plains, cerca de Brownwood, Texas. Impregnado del ambiente fronterizo, Howard se convirtió desde muy joven en devoto de sus viriles tradiciones homéricas. Su conocimiento de la historia y las costumbres era profundo, y las descripciones y recuerdos contenidos en sus cartas privadas ilustran la elocuencia y la energía con que los habría celebrado en la literatura si hubiera vivido más tiempo. La familia de Howard pertenece a una estirpe de distinguidos plantadores sureños, de ascendencia escocesa-irlandesa, la mayoría de cuyos antepasados se instalaron en Georgia y Carolina del Norte en el siglo XVIII.

Tras empezar a escribir con quince años de edad, Howard colocó su primera historia tres años después, cuando todavía estudiaba en el Howard Payne College de Brownwood. Esa historia, Spear and Fang (La lanza y el colmillo), fue publicada en el número de julio de 1925 de Weird Tales. Alcanzó mayor notoriedad con la aparición de la novela corta Wolfihead (Cabeza, de lobo) en la misma revista en abril de 1926. En agosto de 1928 inició los relatos protagonizados por Solomon Kane, un puritano inglés con tendencia a los duelos implacables y a deshacer entuertos, cuyas aventuras le llevaron a extrañas partes del mundo, incluidas las sombrías ruinas de ciudades desconocidas y primordiales en la jungla africana. Con estos relatos, Howard alcanzó el que resultaría ser uno de sus más destacados logros, la descripción de enormes ciudades megalíticas del mundo antiguo, sobre cuyas torres oscuras y sus laberínticas cámaras inferiores pesa un aura de miedo y nigromancia prehumanos que ningún otro escritor conseguiría igualar. Solomon Kane, como algunos otros héroes del autor, fue concebido en la mocedad, mucho antes de que llegara a formar parte de ninguna historia.

Aplicado estudiante de las antigüedades celtas y de otras etapas de la historia antigua, Howard inició en 1929, con The Shadow Kingdom (El reino de las sombras), en el Weird Tales de agosto, la sucesión de relatos del mundo prehistórico por la que pronto adquiriría tanta fama. Los primeros ejemplos describían una época muy remota en la historia del hombre, cuando Atlantis, Lemuria y Mu se alzaban sobre las aguas, y cuando las sombras de hombres reptiles prehumanos se proyectaban sobre el escenario primigenio. En todas estas narraciones, la Figura central era la del Rey Kull de Valusia. En el Weird Tales de diciembre de 1932 apareció The Phoenix on the Sword (El Fénix en la espada), el primero de los relatos del Rey Conan el Cimmerio que introdujo un mundo prehistórico posterior; un mundo de hace unos 15.000 años, anterior justamente a los primeros y débiles atisbos de los registros históricos. La elaborada amplitud y la precisa coherencia con la que Howard desarrolló este mundo de Conan en historias posteriores son bien conocidas por todos los lectores de fantasía. Para su propio uso, preparó con inteligencia infinita y fertilidad imaginativa un detallado borrador seudohistórico, que ahora se publica en The Phantagraph como serie bajo el título The Hyborian Age (La Era Hihoria).

Mientras, Howard había escrito muchos relatos de los antiguos pictos y celtas, incluyendo una serie excelente protagonizada por el cacique Bran Mak Morn. Pocos lectores olvidarán el repulsivo y fascinante poder de esa macabra obra maestra, Los Gusanos de la Tierra, en el Weird Tales de noviembre de 1932. Hubo otras poderosas fantasías situadas fuera de la serie relacionada, entre las cuales se incluye el memorable serial Skull-Face (Cara de calavera), y algunos relatos singulares de ambientación moderna, tales como el reciente Black Canaan (Canaán negro), con su genuino escenario regional y su irresistiblemente convincente retrato del horror que acecha en los pantanos del profundo Sur americano, cubiertos de moho, poblados de sombras e infestados de serpientes.

Fuera del campo de la fantasía, Howard fue sorprendentemente prolífico y versátil. Su gran interés por los deportes, lo cual puede que estuviera relacionado con su amor a la fuerza y el conflicto primitivo, le llevó a crear al héroe del boxeo profesional «Marinero Steve Costigan», cuyas aventuras en regiones distantes y curiosas deleitaron a los lectores de muchas revistas. Sus novelas cortas de guerra oriental exhibieron en grado sumo su dominio de las aventuras románticas, mientras que sus relatos cada vez más frecuentes de la vida en el oeste, tales como la serie de Breckenridge Elkins, mostraron su creciente habilidad e inclinación por reflejar los escenarios con los que estaba directamente familiarizado.

La poesía de Howard, extraña, bélica y aventurera, no fue menos notable que su prosa. Poseía el verdadero espíritu de la balada y de lo épico, y se caracterizaba por un ritmo palpitante y una poderosa imaginería procedente de un molde extremadamente peculiar. Buena parte de esta poesía, bajo la forma de supuestas citas de escrituras antiguas, sirvió para abrir los capítulos de sus novelas. Es lamentable que no se haya publicado nunca una recopilación, y es de esperar que pueda ser editada alguna de forma póstuma.

La personalidad y los logros de Howard fueron completamente únicos. Fue, por encima de todo, un amante del mundo sencillo y antiguo de los días bárbaros y pioneros, cuando el valor y la fuerza ocupaban el lugar de la sutileza y la estratagema, y cuando una raza robusta e intrépida combatía y sangraba, y no pedía cuartel a la naturaleza hostil. Todas sus historias reflejan esta filosofía, y derivan de ella una vitalidad que se encuentra en pocos de sus contemporáneos. Nadie podía escribir de forma más convincente sobre la violencia y la matanza que él, y sus pasajes de batallas revelan aptitudes instintivas para las tácticas militares, que le habrían proporcionado condecoraciones en tiempos de guerra. Sus verdaderas dotes eran más elevadas de lo que los lectores de su obra publicada podrían sospechar, y si su vida se hubiera prolongado, le habrían ayudado a dejar huella en la literatura seria con alguna epopeya popular de su amado sudoeste.

Es difícil describir con precisión lo que hizo que las historias de Howard destacaran de forma tan pronunciada; pero el verdadero secreto es que él mismo estaba en cada una de ellas, fueran ostensiblemente comerciales o no. Él era más grande que cualquier política lucrativa que pudiera adoptar, pues incluso cuando hacía concesiones de forma externa a los editores adoradores de Mammón y a los críticos comerciales, tenía una fuerza interna y una sinceridad que atravesaban la superficie y dejaban la huella de su personalidad en todo lo que escribía. Raras veces, si es que lo hizo en alguna ocasión, escribiría un personaje o una situación vulgar y carente de vida y lo dejaría así. Antes de darle el último toque, el texto siempre adquiría algún tinte de vitalidad y de veracidad a pesar de las habituales influencias editoriales; siempre sacaba algo de su propia experiencia y conocimiento de la vida en lugar de explotar el estéril herbario de Figurines disecados propios de los pulp. No sólo destacó en imágenes de la contienda y la masacre, sino que también fue casi único en su capacidad para crear emociones verdaderas de miedo espectral y de suspense terrible. Ningún autor, ni siquiera en los campos más humildes, puede sobresalir verdaderamente a menos que se tome su trabajo muy en serio; y Howard lo hizo así, incluso en casos en los que conscientemente pensó que no lo hacía. Que un artista tan genuino pereciese mientras cientos de plumíferos deshonestos continúan inventando fantasmas, vampiros, naves espaciales y detectives de lo oculto espurios, resulta verdaderamente una triste muestra de ironía cósmica.

Howard, familiarizado con muchos aspectos de la vida del sudoeste, vivió con sus padres en un ambiente semi-rural en el pueblo de Cross Plains, Texas. La escritura fue su única profesión. Sus gustos como lector eran amplios, e incluían investigaciones históricas de gran profundidad en campos tan dispares como el sudoeste americano, la Gran Bretaña e Irlanda prehistóricas, y los mundos oriental y africano prehistóricos. En literatura, prefería lo viril a lo sutil, y repudiaba el modernismo de forma radical y completa. El difunto Jack London era uno de sus ídolos. En política era liberal, y un agrio enemigo de la injusticia civil en todas sus formas. Sus principales entretenimientos eran los deportes y los viajes; estos últimos siempre dieron lugar a deliciosas cartas descriptivas repletas de reflexiones históricas. El humor no era una de sus especialidades, aunque por un lado tenía un acentuado sentido de la ironía, y por el otro poseía un generoso talante campechano, lleno de cordialidad y simpatía. Aunque tenía numerosos amigos, Howard no pertenecía a ninguna camarilla literaria y aborrecía todos los cultos de la afectación «artística». Su admiración se dirigía a la fuerza de la personalidad y del cuerpo más que a la erudición. Con sus camaradas autores del campo de la fantasía, mantuvo una correspondencia interesante y voluminosa, pero nunca llegó a conocer en persona más que a uno de ellos, el brillante E. Hoffmann Price, cuyos variados logros le impresionaron profundamente.

Howard medía casi un metro ochenta de estatura, y tenía la complexión robusta de un luchador nato. Excepto por sus ojos azules celtas, era muy moreno; y en sus últimos años su peso rondó los 90 kilos. Siempre aplicado a una vida vigorosa y enérgica, recordaba de forma más que casual a su personaje más famoso, el intrépido guerrero, aventurero y ladrón de tronos, Conan el Cimmerio. Su pérdida, a la edad de treinta años, es una tragedia de primera magnitud, y un golpe del cual la ficción fantástica tardará en recuperarse. La biblioteca de Howard ha sido entregada al Howard Payne College, donde formará el núcleo de la Colección Memorial Robert E. Howard de libros, manuscritos y cartas.

El Cabronismo

Le courage n’est pas une vertu, mais une qualité commune aux scélérats et aux grands hommes. -Voltaire

Júpiter allá en sus tiempos
Dios del Olimpo sagrado,
tuvo celos de su esposa
y en su venganza fue extraño.
Concibió, pues, de sí mismo;
cómo ello fue, no es del caso:
lo que a nuestro cuento importa
es que quedó embarazado.
Tampoco sé cuántos meses
estuvo con su embarazo,
aunque varios aseguran
que fue cosa de en el acto.
Y cuando algunos creían
verle un barrigón tan alto,
descargó por el cerebro,
dejando a todos burlados,
una joven primorosa,
de todo el Olimpo pasmo;
y luego que la vio dijo:
«Al menos aquí no hay gato;
ésta es toda, toda mía,
y puedo muy bien jurarlo
».
Tan augusto nacimiento
lo supo el pobre Vulcano
a quien la olimpiana corte
por sus males había dado
en matrimonio a la Diosa
de Citeres, Chipre y Pafos.
En un momento al pobrete
se le calientan los cascos
y quiere tener también
del mismo modo otro parto,
para poder algún día decir
aquí no hubo gato;
porque pensar que Cupido,
tan hermoso y tan gallardo,
y los bonitos Amores
que a Venus sirven de ornato,
fuesen hijos de un herrero,
era creer en engaños.
Al efecto armó en su casa
una zambra de diablos:
las penas, las aflicciones
su espíritu tenacearon,
y su cerebro los celos
rompieron a martillazos.
A su amable compañera
echó en cara sus encantos,
y la culpó de que todos
la andarán siempre buscando.
En fin, nuestro pobre Dios
se afanó y trabajó tanto,
que el horrible cabronismo
por el cerebro echó al cabo.
Éste es el Dios que en París
se mira tan adorado,
maléfico ciertamente,
benéfico en muchos casos,
de los maridos la plaga
y el socorro en lances varios.
Desde el punto en que nació,
contra su padre el bellaco
ensayó toda su fuerza,
y, aunque con novicia mano,
le imprimió sobre la frente
de mancha eterna los rasgos;
es decir, que a su señor
lo hizo el mayor cabronazo.
Apenas le salió el bozo,
de Himeneo fue adversario,
y guerra a muerte sin fin
le declaró. Sin descanso
le ataca en todos lugares
de mil modos disfrazado,
y siempre con buen suceso.
Unas veces con descaro
a su vista se apodera
de sus bienes más sagrados,
y con atroz impudencia
va las casas registrando
por todos sus interiores.
Otras, cual feroz tirano,
el fuego y sangre esparciendo
por do quiera que da un paso,
al horroroso esplendor
de maderos inflamados,
hace alarde de sus robos.
Otras, en fin, a lo santo,
el rostro con inocencia
e hipocresía enmascarado,
se introduce con silencio
en el quieto santuario
del tranquilo y buen esposo
y allí su golpe da a salvo.
Los Celos con su semblante
pálido y amoratado,
y la malvada Malicia
con ojo pérfido y falso,
adonde Amor lo conduce
ellos dirigen sus pasos;
y la Voluptuosidad
lo sigue con pies muy tardos.
En su carcaj lleva tiros
de toda especie y tamaño:
flechas para las crueles,
cuernos para los casados.
Ahora bien, aqueste Dios,
benevolente o malvado,
merece que se le canten
los oficios y los salmos;
siendo por necesidad,
o precaución, deber santo
que culto y adoración
sin murmurar le rindamos,
porque bien sea uno soltero,
o por desgracia casado,
o bien que uno sea el que pegue,
o al que le peguen el chasco
del Cabronismo, por siempre
el favor es necesario.
¡Oh, tú, Iris bella y hermosa!,
antes de que por contrato
perdieses tu libertad,
e Himeneo fuese tu amo,
jamás invoqué en mi ardor
más que al Amor soberano:
pero ya que de un esposo
al cruel dominio has pasado,
sólo invoco al Cabronismo
y de él mi venganza aguardo,
pues es el único Dios
en quien mi fe he colocado.


Le courage es el título del cuento en frances.

El cuento nos refiere que Vulcano sintió envidia de Zeus por la forma en que esté creo a la diosa Atenea, y en su intento por imitar la empresa del Dios padre, surje de su cabeza el cabronismo, que se infiere es la infidelidad.

Voltaire usa el nombre de Vulcano en lugar de Hefesto, Zeus en lugar de Jupiter y Venus en lugar de afrodita, usando por igual los nombres griegos y sus equivalentes romanos.

Este cuento en verso, lo mismo que el siguiente, corresponden a la juventud de Voltaire, entre 1714 y 1716, y ambos siguen la tradición boccacciana y satírica de la Edad Media en torno al conudismo.

Los sesenta y tres versos de El cabronismoestán dedicados a una Iris cuyo nombre real Voltaire oculta.

Voltaire recurre a los dioses del Olimpo romano para dar cuenta del origen del cabronismo. Los amores de Júpiter y Venus habrían dado nacimiento a Cupido, con gran irritación del marido de la diosa, Vulcano, dios del fuego.

En la época alejandrina se representaba a Cupido como un niño alado y con carcaj, cuyas flechas inflamaban los corazones de dioses, semidioses y humanos.

La moneda – D.F. Ospina

He puesto a girar la moneda, cada segundo una de sus caras completa una vuelta exacta sobre ese eje fortuito y temporal. Muertes, explosiones, besos, despedidas, la cara de la moneda solo puede ver en una dirección, todo el tiempo. Desde la mesa me llegan los sonidos metálicos. Me llegan a mí, pero acaso ¿no existe nadie más dando giro a la moneda en este mismo instante en Beijing? o ¿en Bagdad? Estoy seguro que sí. ¿Entonces ni siquiera este momento en el que reflexiono es real? Probablemente no. Todo parece ser un simulacro, la repetición del mismo hecho millones de veces hacia delante y hacia atrás. Nuestros padres, nuestros abuelos, todos hicieron lo mismo, y cuando ellos lo hacían, lo hacia también un soldado en Normandía al anochecer, un mercader en Adís Abeba después de haber cerrado su local. Todos los momentos se agotaron. El fin del tiempo ha llegado sobre este planeta. Aún… aún en otros planetas, seguiremos haciendo lo mismo… el primer astronauta en marte, girando una moneda. Mi moneda. Yo soy todos.

Hemos vislumbrado el “Eterno Retorno”, tal parece que no podemos escapar de nuestra naturaleza. Hemos creado el orden, pero dicho orden no existe, no es más que una alineación comprensible de las cosas. En realidad, toda organización es caos, una versión racional del caos, de ninguna manera menos caótica. Pero existe una cosa, un orden puro y real que se escapa a todos aquellos creados por el hombre. Los números. Piénsalo… el uno era uno antes de que el hombre comprendiera su valor… Así, los hombres han llegado de las cavernas del sur de áfrica a Bering, de norte américa hasta la Patagonia, y con ellos todos los órdenes y clases cambiaron, pero el uno es uno en las ciudadelas mayas, en las pirámides de Egipto o en las islas de polinesia.

Podría relatar toda la historia del hombre, hablar de los maravillosos descubrimientos que hiso mientras existió, de su prodigioso avance a partir del siglo XXI, pero resultaría fútil. El hombre no comprendió una cosa; el significado del progreso. Paso de ver el cielo nocturno a colonizar las estrellas y jamás lo comprendió. Resulta paradójico y burlesco el hecho de que el hombre ya desde un estadio temprano de su desarrollo se percató de cuál sería el único fin posible de su universo, el único fin posible de su historia; ser olvidado, por siempre jamás.

 

El Tío Stalin – D.F. Ospina

Eran las 9 de la noche de un día que probablemente fue un martes. El viento nocturno recorría en corrientes largas y punzantes las tiendas de los soldados. Yo tenía veinte años, era joven pero no estúpido. Dormía con el uniforme puesto sobre la tierra desnuda y granulosa. Estábamos muy cerca de la playa. Pearl nos había marcado, pero no roto.

Buck era un maldito californiano con rasgos asiáticos, tenía esos ojos alargados y esos labios delgados. Era un delgado espagueti verde en su uniforme. Lo habían enviado junto con un grupo de reservistas del cual también yo formaba parte. Aunque él fue el último en incorporase. Las manos las tenía salpicadas de manchas largas que eran como dibujos de islas pequeñas, un archipiélago en la dermis. Llevaba con él un mazo de cartas que le saco al cadáver de un soldado la noche anterior. El papel se había mojado y las chicas, antes hermosas, ahora eran la triste imagen de mujeres desafortunadas. Feas.

Buck barajeaba el mazo todas las noches y siempre a la misma hora. Eso no explica como hacía para sacar de entre todo el mazo la foto de su novia y hacer con ella sus fechorías de púbero.

Ahora que pienso en él y en toda la leche que debió de derramar en las playas japonesas. Pensar que pudo haberla vendido como esperma de ballena para los faciales de las niñas ricas, pero no. El tipo tenía una fuga imparable, todas las noches, una y otra vez. Era incomodo sentir como enturbiaba el aire con su respiración agitada. Más de una vez estuvieron a punto de patearle el trasero, pero no pasó, el chico no dormía. Estaba muy asustado.

Recuerdo también a G. Norris y a Philliph Pachman, el primero era un negro obeso de Boston, mientras que Philliph era de New Orleans, no sé cómo se conocieron, pero durante toda la campaña se hicieron comer mierda el uno al otro. El grupo estaba formado por veinte hombres, todos tan poco importantes como yo.

La noche nos sonreía con una luna creciente. Las estrellas recorrían el cielo, o viceversa. Buck hacia lo suyo en una esquina sobre la tierra, entre rocas chinas. Todos estaban de acuerdo con su plan de fertilización de las tierras orientales. Gerald dormía con una granada en la mano, dispuesto a volarnos a todos a la menor señal de peligro. Las cosas no eran como ahora aparecen en las pantallas. Teníamos miedo. A veces avanzábamos por la presión externa y no por una acción voluntaria. A pesar de todo, la muerte es un gran motivador personal. 59 japoneses muertos los primeros tres días. Caían como las abejas en el humo, pobres hombres. Los mate sin pensar que eran humanos, más bien los veía como a perros, o mejor, como al ganado que va al matadero. Sé que ellos tampoco nos veían como humanos, por lo que en realidad no me siento tan mal, aunque a veces se me pone la piel de gallina. Matar tantos hombres. Bueno, por lo menos no soy el tío Stalin…

El atroz redentor Lazarus Morell – Jorge Luis Borges

LA CAUSA REMOTA

En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas. A esa curiosa variación de un filántropo debemos infinitos hechos: los blues de Handy, el éxito logrado en París por el pintor doctor oriental D. Pedro Figari, la buena prosa cimarrona del también oriental D. Vicente Rossi, el tamaño mitológico de Abraham Lincoln, los quinientos mil muertos de la Guerra de Secesión, los tres mil trescientos millones gastados en pensiones militares, la estatua del imaginario Falucho, la admisión del verbo linchar en la décimotercera edición del Diccionario de la Academia, el impetuoso film Aleluya, la fornida carga a la bayoneta llevada por Soler al frente de sus Pardos y Morenos en el Cerrito, la gracia de la señorita de Tal, el moreno que asesinó Martín Fierro, la deplorable rumba El Manisero, el napoleonismo arrestado y encalabozado de Toussaint Louverture, la cruz y la serpiente en Haití, la sangre de las cabras degolladas por el machete del papaloi, la habanera madre del tango, el candombe.

Además: la culpable y magnífica existencia del atroz redentor Lazarus Morell.

EL LUGAR

El Padre de las Aguas, el Mississippi, el río más extenso del mundo, fue el digno teatro de ese incomparable canalla. (Álvarez de Pineda lo descubrió y su primer explorador fue el capitán Hernando de Soto, antiguo conquistador del Perú, que distrajo los meses de prisión del Inca Atahualpa enseñándole el juego del ajedrez. Murió y le dieron por sepultura sus aguas.)

El Mississippi es río de pecho ancho; es un infinito y oscuro hermano del Paraná, del Uruguay, del Amazonas y del Orinoco. Es un río de aguas mulatas; más de cuatrocientos millones de toneladas de fango insultan anualmente el Golfo de Méjico, descargadas por él. Tanta basura venerable y antigua ha construido un delta, donde los gigantescos cipreses de los pantanos crecen de los despojos de un continente en perpetua disolución y donde los laberintos de barro, de pescados muertos y de juncos, dilatan las fronteras y la paz de su fétido imperio. Más arriba, a la altura del Arkansas y del Ohio, se alargan tierras bajas también. Las habita una estirpe amarillenta de hombres escuálidos, propensos a la fiebre, que miran con avidez las piedras y el hierro, porque entre ellos no hay otra cosa que arena y leña y agua turbia.

LOS HOMBRES

A principios del siglo XIX (la fecha que nos interesa) las vastas plantaciones de algodón que había en las orillas eran trabajadas por negros, de sol a sol. Dormían en cabañas de madera, sobre el piso de tierra. Fuera de la relación madre-hijo, los parentescos eran convencionales y turbios. Nombres tenían, pero podían prescindir de apellidos. No sabían leer. Su enternecida voz de falsete canturreaba un inglés de lentas vocales. Trabajaban en filas, encorvados bajo el rebenque del capataz. Huían, y hombres de barba entera saltaban sobre hermosos caballos y los rastreaban fuertes perros de presa.

A un sedimento de esperanzas bestiales y miedos africanos habían agregado las palabras de la Escritura: su fe por consiguiente era la de Cristo. Cantaban hondos y en montón: Go down Moses. El Mississippi les servía de magnífica imagen del sórdido Jordán.

Los propietarios de esa tierra trabajadora y de esas negradas eran ociosos y ávidos caballeros de melena, que habitaban en largos caserones que miraban al río –siempre con un pórtico pseudo griego de pino blanco. Un buen esclavo les costaba mil dólares y no duraba mucho. Algunos cometían la ingratitud de enfermarse y morir. Había que sacar de esos inseguros el mayor rendimiento. Por eso los tenían en los campos desde el primer sol hasta el último; por eso requerían de las fincas una cosecha anual de algodón o tabaco o azúcar. La tierra, fatigada y manoseada por esa cultura impaciente, quedaba en pocos años exhausta: el desierto confuso y embarrado se metía en las plantaciones. En las chacras abandonadas, en los suburbios, en los cañaverales apretados y en los lodazales abyectos, vivían los poor whites, la canalla blanca. Eran pescadores, vagos cazadores, cuatreros. De los negros solían mendigar pedazos de comida robada y mantenían en su postración un orgullo: el de la sangre sin un tizne, sin mezcla. Lazarus Morell fue uno de ellos.

EL HOMBRE

Los daguerrotipos de Morell que suelen publicar las revistas americanas no son auténticos. Esa carencia de genuinas efigies de hombre tan memorable y famoso, no debe ser casual. Es verosímil suponer que Morell se negó a la placa bruñida; esencialmente para no dejar inútiles rastros, de paso para alimentar su misterio… Sabemos, sin embargo, que no fue agraciado de joven y que los ojos demasiado cercanos y los labios lineales no predisponían en su favor. Los años, luego, le confirieron esa peculiar majestad que tienen los canallas encanecidos, los criminales venturosos e impunes. Era un caballero antiguo del Sur, pese a la niñez miserable y a la vida afrentosa. No desconocía las Escrituras y predicaba con singular convicción. “Yo lo vi a Lazarus Morell en el púlpito –anota el dueño de una casa de juego en Baton Rouge, Luisiana–, y escuché sus palabras edificantes y vi las lágrimas acudir a sus ojos. Yo sabía que era un adúltero, un ladrón de negros y un asesino en la faz del Señor, pero también mis ojos lloraron.”

Otro buen testimonio de esas efusiones sagradas es el que suministra el propio Morell. “Abrí al azar la Biblia, di con un conveniente versículo de San Pablo y prediqué una hora y veinte minutos. Tampoco malgastaron ese tiempo Crenshaw y los compañeros, porque se arrearon todos los caballos del auditorio. Los vendimos en el Estado de Arkansas, salvo un colorado muy brioso que reservé para mi uso particular. A Crenshaw le agradaba también, pero yo le hice ver que no le servía.”

EL MÉTODO

carrera delincuente de Morell, pero prefiguraron el método que ahora le aseguraba su buen lugar en una Historia Universal de la Infamia. Este método es único, no solamente por las circunstancias sui generis que lo determinaron, sino por la abyección que requiere, por su fatal manejo de la esperanza y por el desarrollo gradual, semejante a la atroz evolución de una pesadilla. Al Capone y Bugs Moran operan con ilustres capitales y con ametralladoras serviles en una gran ciudad, pero su negocio es vulgar. Se disputan un monopolio, eso es todo… En cuanto a cifras de hombres, Morell llegó a comandar unos mil, todos juramentados. Doscientos integraban el Consejo Alto, y éste promulgaba las órdenes que los restantes ochocientos cumplían. El riesgo recaía en los subalternos. En caso de rebelión, eran entregados a la justicia o arrojados al río correntoso de aguas pesadas, con una segura piedra a los pies. Eran con frecuencia mulatos. Su facinerosa misión era la siguiente:

Recorrían –con algún momentáneo lujo de anillos, para inspirar respeto– las vastas plantaciones del Sur. Elegían un negro desdichado y le proponían la libertad. Le decían que huyera de su patrón, para ser vendido por ellos una segunda vez, en alguna finca distante. Le darían entonces un porcentaje del precio de su venta y lo ayudarían a otra evasión. Lo conducirían después a un Estado libre. Dinero y libertad, dólares resonantes de plata con libertad, ¿qué mejor tentación iban a ofrecerle? El esclavo se atrevía a su primera fuga.

esclavos
Lo vendia en otra plantación.

El natural camino era el río. Una canoa, la cala de un vapor, un lanchón, una gran balsa como el cielo con una casilla en la punta o con elevadas carpas de lona; el lugar no importaba, sino el saberse en movimiento, y seguro sobre el infatigable río… Lo vendían en otra plantación. Huía otra vez a los cañaverales o a las barrancas. Entonces los terribles bienhechores (de quienes empezaba ya a desconfiar) aducían gastos oscuros y declaraban que tenían que venderlo una última vez. A su regreso le darían el porcentaje de las dos ventas y la libertad. El hombre se dejaba vender, trabajaba un tiempo y desafiaba en la última fuga el riesgo de los perros de presa y de los azotes. Regresaba con sangre, con sudor, con desesperación y con sueño.

 

LA LIBERTAD FINAL

Falta considerar el aspecto jurídico de estos hechos. El negro no era puesto a la venta por los sicarios de Morell hasta que el dueño primitivo no hubiera denunciado su fuga y ofrecido una recompensa a quien lo encontrara. Cualquiera entonces lo podía retener, de suerte que su venta ulterior era un abuso de confianza, no un robo. Recurrir a la justicia civil era un gasto inútil, porque los daños no eran nunca pagados.

Todo eso era lo más tranquilizador, pero no para siempre. El negro podía hablar; el negro, de puro agradecido o infeliz, era capaz de hablar. Unos jarros de whisky de centeno en el prostíbulo de El Cairo, Illinois, donde el hijo de perra nacido esclavo iría a malgastar esos pesos fuertes que ellos no tenían por qué darle, y se le derramaba el secreto. En esos años, un Partido Abolicionista agitaba el Norte, una turba de locos peligrosos que negaban la propiedad y predicaban la liberación de los negros y los incitaban a huir. Morell no iba a dejarse confundir con esos anarquistas. No era un yankee, era un hombre blanco del Sur hijo y nieto de blancos, y esperaba retirarse de los negocios y ser un caballero y tener sus leguas de algodonal y sus inclinadas filas de esclavos. Con su experiencia, no estaba para riesgos inútiles.

El prófugo esperaba la libertad. Entonces los mulatos nebulosos de Lazarus Morell se transmitían una orden que podía no pasar de una seña y lo libraban de la vista, del oído, del tacto, del día, de la infamia, del tiempo, de los bienhechores, de la misericordia, del aire, de los perros, del universo, de la esperanza, del sudor y de él mismo. Un balazo, una puñalada baja o un golpe, y las tortugas y los barbos del Mississippi recibían la última información.

LA CATÁSTROFE

Servido por hombres de confianza, el negocio tenía que prosperar. A principios de 1834 unos setenta negros habían sido “emancipados” ya por Morell, y otros se disponían a seguir a esos precursores dichosos. La zona de operaciones era mayor y era necesario admitir nuevos afiliados. Entre los que prestaron el juramento había un muchacho, Virgil Stewart, de Arkansas, que se destacó muy pronto por su crueldad. Este muchacho era sobrino de un caballero que había perdido muchos esclavos. En agosto de 1834 rompió su juramento y delató a Morell y a los otros. La casa de Morell en Nueva Orleans fue cercada por la justicia. Morell, por una imprevisión o un soborno, pudo escapar.

Tres días pasaron. Morell estuvo escondido ese tiempo en una casa antigua, de patios con enredaderas y estatuas, de la calle Toulouse. Parece que se alimentaba muy poco y que solía recorrer descalzo las grandes habitaciones oscuras, fumando pensativos cigarros. Por un esclavo de la casa remitió dos cartas a la ciudad de Natchez y otra a Red River. El cuarto día entraron en la casa tres hombres y se quedaron discutiendo con él hasta el amanecer. El quinto, Morell se levantó cuando oscurecía y pidió una navaja y se rasuró cuidadosamente la barba. Se vistió y salió. Atravesó con lenta serenidad los suburbios del Norte. Ya en pleno campo, orillando las tierras bajas del Mississippi, caminó más ligero.

Su plan era de un coraje borracho. Era el de aprovechar los últimos hombres que todavía le debían reverencia: los serviciales negros del Sur. Éstos habían visto huir a sus compañeros y no los habían visto volver. Creían, por consiguiente, en su libertad. El plan de Morell era una sublevación total de los negros, la toma y el saqueo de Nueva Orleans y la ocupación de su territorio. Morell, despeñado y casi deshecho por la traición, meditaba una respuesta continental: una respuesta donde lo criminal se exaltaba hasta la redención y la historia. Se dirigió con ese fin a Natchez, donde era más profunda su fuerza. Copio su narración de ese viaje:

“Caminé cuatro días antes de conseguir un caballo. El quinto hice alto en un riachuelo para abastecerme de agua y sestear. Yo estaba sentado en un leño, mirando el camino andado esas horas, cuando vi acercarse un jinete en un caballo oscuro de buena estampa. En cuanto lo avisté determiné quitarle el caballo. Me paré, le apunté con una hermosa pistola de rotación y le di la orden de apear. La ejecutó y yo tomé en la zurda las riendas y le mostré el riachuelo y le ordené que fuera caminando delante. Caminó unas doscientas varas y se detuvo. Le ordené que se desvistiera. Me dijo: ‘Ya que está resuelto a matarme, déjeme rezar antes de morir’. Le respondí que no tenía tiempo de oír sus oraciones. Cayó de rodillas y le descerrajé un balazo en la nuca. Le abrí de un tajo el vientre, le arranqué las vísceras y lo hundí en el riachuelo. Luego recorrí los bolsillos y encontré cuatrocientos dólares con treinta y siete centavos y una cantidad de papeles que no me demoré en revisar. Sus botas eran nuevas, flamantes, y me quedaban bien. Las mías, que estaban muy gastadas, las hundí en el riachuelo.

Así obtuve el caballo que precisaba, para entrar en Natchez.

LA INTERRUPCIÓN

Morell capitaneando puebladas negras que soñaban ahorcarlo, Morell ahorcado por ejércitos negros que soñaba capitanear –me duele confesar que la historia del Mississippi no aprovechó esas oportunidades suntuosas. Contrariamente a toda justicia poética (o simetría poética) tampoco el río de sus crímenes fue su tumba. El dos de enero de 1835, Lazarus Morell falleció de una congestión pulmonar en el hospital de Natchez, donde se había hecho internar bajo el nombre de Silas Buckley. Un compañero de la sala común lo reconoció. El dos y el cuatro, quisieron sublevarse los esclavos de ciertas plantaciones, pero los reprimieron sin mayor efusión de sangre.

La casa de Asterión – Jorge Luis Borges

Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
Apolodoro: Biblioteca, iii, I.

         Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito)1 están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios pero si la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en egipto hay una parecida). Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridicula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, anadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se posternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó en el mar. no en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.           El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espiritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duremo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocaremos en otro patio o bien decía yo que te gustaría la canalta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás como el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reimos buenamente los dos.
No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, asterión. quizá yo he creado las estrellas y el sol la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La cremonia dura pocos minutos. uno tras otro caen sin que yo me ensangrinte las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadaveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llgaría mi redentor. desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mo oído alcanza todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Como será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

  El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
          —¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El minotauro apenas se defendió.

A Marta Mosquera Eastman

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